La educación sentimental de Luisgé Martín

Óscar Esquivias
ÓSCAR ESQUIVIAS ESCRITOR

Era inevitable. En las clases de literatura se hablaba con mucha naturalidad de las “amadas” de los poetas, pero jamás se nos insinuó que unos “amados” pudieran inspirar a Cernuda o Lorca. La homosexualidad no aparecía en los libros de texto, ni siquiera en los de religión, salvo en un caso; en el libro de griego de 3º de BUP se decía:

La homosexualidad no aparecía en los libros de texto“Lo que más repugna a la mentalidad occidental es la práctica y la defensa teórica del “amor homosexual”, que en algunos casos, como en Esparta, adquiría la sanción del Estado. [...] Incluso en el mito tenemos casos de tales aberraciones: la pasión de Poseidón por Pélope y el rapto de Ganimedes por Zeus. Aspecto no menos repugnante para nuestra mentalidad es la práctica espartana de la exposición de los niños deformes, que eran abandonados en el monte Taigeto”.

La homosexualidad, por tanto, era equiparable al infanticidio; el amor, en este contexto, sólo podía citarse entre comillas, porque era algo espurio, abominable.

Otro ejemplo personal más: de niño, disfruté mucho (muchísimo) leyendo la enciclopedia “Gran mundo infantil” de la editorial Marín. Los siete primeros tomos estaban dedicados a los niños y el octavo, a los padres. En él, los pedagogos les orientaban sobre la educación de sus hijos y les proponían esta respuesta a la pregunta “¿Qué es un invertido?”:

“Un invertido es un enfermo, es un hombre muy desgraciado porque no es un hombre, porque no sabe amar a las mujeres, porque sólo ama a los hombres. Es como aquel que subía a lo alto de un faro y se quedó a media escalera. Nunca podrá contemplar el hermoso paisaje del amor entre el hombre y la mujer. Se quedó a medio camino, mejor dicho, en el falso camino”.

Luisgé Martín era uno de estos niños invertidos, atascado en la escalera que llevaba a esas espléndidas vistas del país femenino. Él hizo todo lo posible para enmendarse: de pequeño rezó para que cambiaran sus instintos; de joven, a espaldas de sus padres (que sabían que le sucedía algo terrible, pero no podían sospechar la naturaleza de su desgracia), asistió a terapias conductistas y se sometió a ejercicios que parecen de una comedia de Andrés Pajares, pero fueron reales (le impusieron que se masturbara, placenteramente si pensaba en mujeres, con dolor e incomodidad en caso contrario; también trató de enamorar a una muchacha siguiendo las recomendaciones de su terapeuta). Naturalmente, los esfuerzos de Luisgé Martín fueron inútiles y tuvo que aceptar que su piel y su corazón tenían razones que la cabeza no podía seguir ignorando. Esta asunción de su homosexualidad fue, en cierto modo, el reconocimiento resignado de una derrota: se dio cuenta de que no podía ser “normal”. Tardó tiempo aún en librarse de otro horrible fardo que llevaba sobre el alma: el de la homofobia interiorizada, la consideración de la homosexualidad como un secreto vergonzante.

Tuvo que aceptar que su piel y su corazón tenían razones que la cabeza no podía seguir ignorandoTodo este proceso está contado con gran sinceridad en el último de sus libros, que es una “éducation sentimentale” y una “vita sexualis” (más lo primero que lo segundo). No se trata de una obra de ficción, pero Luisgé Martín ha desplegado en ella todas sus armas de escritor. Si hubiera inventado un nombre para el protagonista, hoy celebraríamos la publicación de una nueva y excelente novela poseedora de todos los rasgos temáticos y estilísticos de Luisgé Martín. Pero es el testimonio fiel, doloroso, finalmente liberador, de su vida. Los lectores más próximos a la generación del autor (nació en 1962) reconocerán perfectamente esa sociedad en la que cada adolescente gay tenía la sensación de ser el único en el mundo y de estar condenado a la soledad y al desprecio. A los más jóvenes quizá aquella España les parezca increíble.

El libro se titula El amor del revés (Anagrama, 2016) y lleva dos días en las librerías. Ya es un clásico.

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