Vivir sin Sam Shepard, el último 'cowboy'

José Ángel González
JOSÉ ÁNGEL GONZÁLEZ ESCRITOR

Acabo de releer Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera, mercantil traducción de la industria editora española —siempre desconfiada sobre la inteligencia de su público— de Rolling Thunder logbook (La bitácora de Rolling Thunder). Fue mi ceremonia fúnebre particular para honrar al escritor estadounidense Sam Shepard, que murió en mitad de este verano convulso, a los 73 años y tras complicarse la esclerosis que padecía.

Aunque en España se le admiraba muy por debajo de sus méritos —siempre me hizo gracia que era saludado con un “¡qué hombre!” por las señoras cocainómanas y también por sus hijas en MDMA, ambas fascinadas por el espléndido porte de hombre de Marlboro hippie—, Shepard pasará a la historia como el último cowboy sensible. Ya saben: uno de esos cuentistas yanquis capaces de hablar sobre Beckett o fantasmas en una hamburguesería.

Compré todos los libros de este tipo guapo con puntualidad de fanático. Mi ejemplar del primero editado en España, Crónicas de motel, guarda una hoja de álamo seca de la que he olvidado procedencia y lleva anotado a lápiz, con la letra de vals de un anónimo librero, el precio de 1985: 700 pesetas.

Algunos de sus relatos son dignos de aparecer en los diarios locales

Adoré a Shepard desde que supe de él —a España su punch llegó de la mano del guión original de la película París-Texas—. Era un escritor que abría los ojos y luego, cuando estaba solo, desplegaba el contenido de la mirada sobre la mesa. Algunos de sus relatos son dignos de aparecer en los diarios locales en un tiempo en que gran parte de la literatura busca en la historia aquello que no puede encontrar en la vida, un tiempo que condenaría a la indigencia a Dostoievski, a Kafka y a Melville para celebrar al insípido Murakami.

En Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera se percibe, desde la forma fracturada hasta el fondo múltiple e impuro, el diario de carretera, esa forma de escribir con asfalto, la mejor de las tintas, por la que siempre suspiramos los reporteros, y sabes que Shepard elaboraba sus notas de camino con ánimo de implicado, sin rebajar la pasión por exigencias de la empresa o el estilo, y, como cabría esperar de un buen reportaje, abriéndose a las revelaciones del encuentro, la resaca, el hastío y el paisaje.

Al escritor le preguntaron en una de sus últimas entrevistas de qué valores estadounidenses está orgullosos. La respuesta es pertinente porque en una época de traiciones: “De poseer un verdadero sentido de la familia, como el que había en las caravanas de los fundadores. Entonces, el 90 por ciento de los que iban en ellas eran primos, tíos, parientes... Familias muy extensas que se trasladaban al Oeste y eran leales a la Constitución. ¿Dónde se ve eso ahora? En algunos pueblos remotos del sur, donde las tradiciones campesinas son aún importantes. También estoy orgulloso de estar conectado a un territorio, algo que prácticamente se ha perdido, porque los agricultores están en vías de extinción. En nuestros días, todos somos urbanos. Peor aún, el mundo de hoy vive en el e-mail”.

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