Relatos desde mi toalla. Todo lo que olvidamos

Relatos desde mi toalla. Todo lo que olvidamos

Dos niños en una playa de Lesbos
JESSICA GÓMEZ BLOGUERA

Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. La que nada más quitarse la camiseta se la ha vuelto a poner porque no se puede creer el frío que hace hoy en la playa. Este habría sido un buen día para, en vez de toallas y nevera, traerse las mantas y el termo. Aunque, para ser sinceros, el panorama de manta y termo me apetece más en el sofá, que a mí el café me gusta más sin arena, para qué os voy a engañar.

Pero, claro, están ellos. Los niños. Les había prometido que hoy vendríamos a la playa. Al llegar y ver el aire y el frío que acompañan hoy, lo reconozco, he intentado disuadirlos. Les he propuesto planes más cálidos, más de interior, resguardados del frío y de la –probable- lluvia que se nos vendrá encima. Pero ellos me han mirado como si estuviera loca. Como si las cosas que acontecen allá arriba, en el cielo, tuvieran algo que ver con los que hacemos nosotros aquí abajo, en la tierra. Son absurdos, los adultos.

Así que aquí estoy, enredada en la toalla como quien se calienta al fuego en diciembre. Viendo como la gente, gota a gota, abandona la playa. Observando atentamente los labios de mis hijos, por si gradualmente tornaran morados y no me diera cuenta. Viendo a mi hijo bañarse en una gran piscina entre las rocas, buscando cangrejos y peces, y a mi hija construir fortalezas de arena, ambos como si vivieran al margen de las leyes de la termodinámica. Ambos felices, disfrutando de un maravilloso día de playa, mientras su madre intenta no volverse azul. ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo pueden estar disfrutando tanto, con el frío que hace?

Los observo un rato, en silencio, y de pronto tengo una revelación. Ya lo entiendo. Disfrutan de la playa con frío porque aún no han aprendido que hay que ir a la playa cuando hace calor. Eso lo aprendemos después, cuando crecemos. Cuando nos hacemos mayores. Aprendemos que se va a la playa cuando hace sol, y olvidamos que podemos ir cuando hace frío. Aprendemos que las cosas son de una manera, y olvidamos que pueden ser de muchas más. Aprendemos condiciones. Y, cada vez que aprendemos una condición, olvidamos una libertad.

¿En qué momento olvidamos ser felices por aprender a ser correctos?

Recuerdo una vez, cuando tenía quince años, un verano en Galicia. Estaba con uno de esos inolvidables amores de agosto. Fuimos a una diminuta playa fluvial, escondida de todo, en un tramo de río oculto entre los árboles enormes. Estábamos completamente solos. Estando allí, nos sorprendió la lluvia. Y nos bañamos así, riéndonos, rodeados de brillantes libélulas bajo el fuerte aguacero. Fue… mágico. Sin duda alguna, el baño más delicioso que me he dado en la vida. Pero después… después crecí. Y aprendí que “la lluvia es mala”. Y olvidé la magia. Y olvidé vivir.

En qué momento. En qué momento olvidamos ser felices por aprender a ser correctos. En qué momento lo olvidamos todo.

Juegan ellos, como si las cosas del cielo no tuvieran que ver con la tierra. Como si la termodinámica no fuera con ellos. Y son felices, porque aún no han aprendido a dejar de serlo. Sí: somos absurdos, los adultos.

Trago saliva dispuesta a desafiar lo que sé. Me desenrosco la toalla, me quito la camiseta y me voy al agua con mi hijo. Me paro en la orilla, respiro hondo, meto un pie y… está caliente. Maravillosamente caliente. Bueno, seguramente está igual de fría que siempre, pero el aire azota tanto fuera que el agua se siente cálida y acogedora como un abrazo. Así que me meto entera, ante la ilusionada mirada de mis hijos. Mi hija se nos une, y disfrutamos del baño los tres.

Madre mía… Y casi me lo pierdo.

Creo que el mundo real se queda, a veces, escondido tras las cosas que aprendemos. Y qué importante es, a veces, olvidar lo que hemos aprendido para recordar todo lo que olvidamos.

La playa empieza a quedarse desierta. Veo acercarse nubes oscuras por el este de nuestro remanso de paz.  Pero estamos bien, los tres. Nos quedamos.

Y si llueve, que llueva.

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