Muertas somos más creíbles

Muertas somos más creíbles

Irene Lozano
IRENE LOZANO ESCRITORA Y DIRECTORA DE THE THINKING CAMPUS

"No vuelvas sola por la noche", me decía mi madre. Nunca estableció una hora a la que debía regresar, sino unas condiciones: cuando volvieran mis amigas. A los 15 años empiezas a aprender —en defensa propia— que la violación versa sobre tu comportamiento. "No bebas, no hables con desconocidos, mira a derecha e izquierda al entrar en el portal".

Debía de tener yo 18 años —los mismos que la víctima de la banda de violadores autodenominada ‘La Manada’—, cuando un terrible suceso copó los telediarios: una chica se había resistido a una violación en uno de esos descampados que nunca debes atravesar. El violador la había matado golpeándole la cabeza con una piedra. Murió por resistirse, afirmaban las noticias. O sea, por su comportamiento.

Ese día preguntas hasta qué punto exacto debes resistirte para salvar la vida. Miras a los ojos a tu madre, es la única que puede darte una respuesta cierta. Y te das cuenta de que no la tiene. Te dice: grita, pide socorro, sal corriendo. Pero también te recuerda: tu vida es lo más importante, ponte a salvo. La idea brumosa sigue cobrando cuerpo: la violación trata de cómo actúas tú. Sabes que quizá un día te enfrentes a una perversa elección: morir decente o vivir puta.

Como sabía Orwell, lo más difícil de ver es lo que tenemos ante los ojos. En este caso, que una violación es un acto que comete un violador. Sin embargo, el abogado de La Manada no intenta demostrar la inocencia de ellos —lo cual constituiría una estrategia legítima de defensa—, sino la culpabilidad de la víctima. Quiere probar que miente, explotando el atávico déficit de credibilidad de las mujeres que denuncian agresiones sexuales. En algunas culturas, esto sucede al pie de la letra: para contradecir el testimonio de un varón hacen falta dos mujeres bajo la sharia. Este abogado aplica una versión rebajada de la ley islámica. Intenta probar que ‘consintió’, y solo el uso de ese verbo muestra cuán fácil sería que este juicio tratara del comportamiento de los violadores. Cuando una mujer quiere tener sexo, no consiente, lo desea y un hombre lo sabe. Si no lo sabe, es el único responsable de su ignorancia.

Cuando una mujer quiere tener sexo, no consiente, lo desea y un hombre lo sabe

Pero estos jóvenes violadores no entienden por qué los trata así esta chica. Han pagado a un detective para que la investigue y han descubierto que lleva una vida normal, la muy puta. Si se ha recuperado tan rápido no es porque sea resiliente, sino porque le gustó. Elemental, querido Watson. Al final, solo hay un motivo por el que todo gira sobre ella. Porque si, aun estando sola frente a cinco hombres, se hubiera opuesto como Dios manda, ahora estaría muerta y podríamos creerla sin reparos.

Pero está viva y eso le hace perder toda credibilidad. Puag.

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