Menú hospitalario, una cuestión de fe

HELENA RESANO
HELENA RESANO PERIODISTA

Un enfermo ingresa en un hospital para curarse: para que los médicos detecten qué le pasa, solucionarlo y recuperarse de la dolencia. Es algo obvio. Una perogrullada. Pero hay veces que esa obviedad se pierde en burocracias, papeleos y presupuestos. Lo evidente se desvanece cuando entras en un hospital y cuando llega la temida hora de la comida o de la cena.

Levantar la tapa de los dos platos que trae esa bandeja es un ejercicio de fe: rezar para que hoy, por un día, lo que haya en el plato sea comida masticable y digerible. Hace ya algún tiempo se publicaron fotos de lo que se ofrecía a los pacientes ingresados en un conocido hospital de Pamplona. Se quiso ahorrar cambiando la contrata del comedor y se hizo a costa de la calidad de la comida. Aquello en teoría mejoró tras la polémica, pero hace unas semanas me tocó comprobar que ni de lejos.

Mi madre ha estado unos días ingresada este verano. Llegó débil, cansada, con una infección que le tenía con los niveles descompensados. El trato médico fue excelente. El diagnóstico, rápido; el tratamiento, acertado, y el trato humano del personal médico y sanitario, de las enfermeras que le cuidaban en la habitación y de los médicos que estuvieron pendientes día y noche, inmejorable. Pero la comida... En esos días le pasaron un pescado que aspiraba a ser bacalao y que hubo que atacar con martillo y cincel. Otro, una hamburguesa que había sido sacada de la suela de un zapato. Por no hablar de ese puré que tenía la apariencia de puré pero que era difícil de tragar... Y no sigo. Señores: parte de su recuperación pasaba por que ella comiera bien, se alimentara de forma correcta, equilibrada. Y clamaba al cielo que aquello fuese el menú que un médico había pautado para un paciente en proceso de recuperación. Estoy convencida de que si el médico hubiese visto en qué se traducían las proteínas y el hierro que confiaba que ingeriría con esos alimentos se echaría las manos a la cabeza.

Parte de su recuperación pasaba por que ella comiera bien, se alimentara de forma correcta, equilibrada

Es triste que por cuadrar unos presupuestos se recorte de algo tan básico. Es más triste que se recorte en sueldos de un personal que se deja sus desvelos, sus noches, sus guardias, intentando dar con el diagnóstico acertado. Es triste que sepamos que 2.500 enfermos de cáncer no pueden acceder al tratamiento adecuado por falta de inversión pública. Es triste que en verano se reduzcan camas y horas de quirófano. Señores políticos, por favor, revisen sus cuentas y revisen lo que están haciendo. A un hospital se va a curarse.

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