Se nos va la pinza con las pseudociencias

Se nos va la pinza con las pseudociencias

César Javier Palacios
CÉSAR JAVIER PALACIOS PERIODISTA EXPERTO EN MEDIO AMBIENTE


Me encanta lo natural, lo tradicional, lo ecológico, pero ante todo soy un entusiasta del ser humano y de su mayor logro, los avances científicos. Ya en el siglo XII decía el filósofo Bernardo de Chartres que somos enanos aupados a hombros de gigantes. Desde entonces nuestra altura se ha hecho gigantesca gracias a los hombros de todos esos millones de sabios que nos han precedido y sobre los que se asientan nuestro saber actual, nuestra salud, bienestar y calidad de vida.


Frente a esta evidencia, en los últimos años las pseudociencias empiezan a sustituir peligrosamente a las prácticas científicamente efectivas. El "dicen que funciona" o "por probar no pasa nada" se ha generalizado. En muchos casos, esta confianza ciega en las terapias marcianas está llevando a muchos a sufrir auténticos problemas de salud. En otros casos los empobrece pues obliga a seguir caros tratamientos inútiles. Finalmente, hay un amplio sector que abrazando tales prácticas ha derivado en creer en ellas como una nueva religión; religión de ricos, pues no es apta para gente con escasos recursos económicos.


A la sombra del 'dicen' se ha desarrollado un aumento del negacionismo. No confiamos en el sistema sanitario ni en sus facultativos, no nos fiamos de la calidad de los alimentos que consumimos ni de los sistemas que garantizan su salubridad, pero tragamos ruedas de molino con lo que nos diga cualquier cantamañanas sin formación con la excusa de que son supuestos remedios tradicionales ¡y hasta milenarios! que siempre funcionaron.

Pero es falso. Antes la gente moría como moscas por muchas tisanas que se tomara. Y nadie con un poco de cultura se creería inmensas estupideces como que el cáncer se cura con la infusión de unas plantas o con zumos (que se lo digan a Steve Jobs), cuando lo único cierto es que, como demuestra un reciente estudio de la universidad norteamericana de Yale, las mal llamadas medicinas alternativas incrementan hasta un 470% el riesgo de muerte. Otras zumbadas como que el acné desaparece untándote aceite en el ombligo, los tumores escuchando la música de un gong o el reúma bebiéndote la orina tienen idéntica fiabilidad: ninguna.


Hemos superado con creces el cauto escepticismo para llegar a rechazar todo lo perfectamente demostrado. Las teorías conspiranoicas vuelan por internet. Las farmacéuticas nos están envenenando, nos fumigan desde el aire, el virus del sida fue un invento de laboratorio, las vacunas provocan autismo. Da la impresión de que en tiempos de zozobra y cambio la superstición nos ayuda a hacer frente a la incertidumbre.


No nos fiamos de quien deberíamos. Esto nos hace sentir más listos, pero en realidad somos más tontos.


También se puede explicar este auge como propio de una particular visión infantil sobre la maldad intrínseca de las autoridades y todo lo que lleve la etiqueta de oficial. Es la paradoja de las sociedades avanzadas: no nos fiamos de quien deberíamos. Eso nos hace sentir más listos que el resto, pero en realidad somos más tontos.


Otra cosa es que seamos personas suspicaces, no sigamos todo a ciegas y tengamos nuestras reservas con lo que comemos y nos medicamos. Pero definitivamente se nos ha ido la pinza con las pseudociencias. Como por ejemplo, quienes confían en la sanadora cuyo currículo tuve la curiosidad de leer el otro día en su página web: especialista en biodescodificación y psicosomática clínica y humanista, titulada en programación neurolingüística, hipnosis ericksoniana, regresiones, constelaciones familiares, terapia sistémica, psicología transpersonal, respiración holoscópica, psicogenealogía, medicina tradicional china, masaje taoísta, terapia de integración polar, yoga de polaridad y nutrición consciente, etc., etc. Pero ni un título universitario.


Frente a ella, mi médica de cabecera en la Seguridad Social solo puede presentar seis años invertidos en obtener la difícil carrera de Medicina en una universidad de reconocido prestigio y cinco años más como MIR en un hospital. Llámenme inocente, pero yo me fío más de ella.

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