El ocaso del acoso y las modas de internet

El ocaso del acoso y las modas de internet

Carlos Santos
CARLOS SANTOS PERIODISTA

A un crítico de cine le han dado palos para hacer un fuerte, en las redes sociales, por un artículo donde quitaba importancia a las denuncias de acoso sexual en Hollywood. No voy a juzgar al crítico, que en cuarenta y cinco años de oficio ha mostrado sensibilidad y respeto a sus semejantes aunque esta vez haya dado un patinazo; tampoco quiero avivar la polémica sobre ese artículo, retirado de su web por un medio de ámbito nacional, que en muchos aspectos es merecedor de críticas pero en uno, concretamente en uno, es digno de consideración: habla de ‘la moda’ de las denuncias por acoso.

Esa observación es hiriente, pero no es gratuita: la oleada de denuncias puede tener el componente efímero, pasajero y fugaz consustancial a las modas. Es un hecho que los abusos de poder que hoy se denuncian han ocurrido ‘desde siempre’ en Hollywood (algunas películas lo cuentan de manera bastante explícita) y no es descabellado preguntar si esas denuncias vienen para quedarse o son flor de un día. Porque lo malo no es el acoso en Hollywood; lo malo es que sigamos conviviendo con el acoso en redacciones, oficinas y polígonos industriales donde el jefe viscoso utiliza su condición de jefe para intentar conseguir lo que nunca conseguiría por su condición de viscoso.

¿Por qué se ha desatado justo ahora esa oleada? No lo sé, pero es una buena noticia, que no se debe subestimar. Ya era hora de que las víctimas pusieran pie en pared, en Hollywood y en el resto del mundo. Quizás ha influido el fenómeno Trump, cuyo integrismo triunfante y machismo evidente invitan, por reacción, a salir del armario a los americanos con más sentido de la libertad y del progreso. Quizá ha influido el poder de las redes sociales, que en unos minutos convierten en problema cósmico un asunto individual. Lo mismo da. Lo importante es que no quede en fenómeno pasajero, como ocurre con tantos otros asuntos  aventados por esas redes.

Desde hace años vengo advirtiendo que en materia de igualdad de sexos no hemos avanzado tanto como parece y en algunos aspectos incluso hemos retrocedido. En la España de los años 70 se cantaba "libre te quiero pero no mía", en  la estela de un magnífico anarquista zamorano llamado Agustín García Calvo, y en la segunda década del siglo XX los adolescentes expresan su amor con candados, en la estela de un autor de bestsellers italiano llamado Federico Moccia. En toda Europa han llegado a ser un problema, incluso arquitectónico, esos candados que confunden las relaciones entre dos personas con relaciones de propiedad.

En la España de los 70 se cantaba "libre te quiero pero no mía"

En ese contexto y este mundo, que tiene como personaje principal a un tipo como Trump, de vez en cuando se producen noticias que te hacen pensar que no está todo perdido, que la humanidad aún es capaz de dar pasos adelante en defensa de la igualdad y la dignidad. Fue preciosa la imagen de unas jóvenes peruanas que en el lugar más insospechado, un concurso de belleza, denunciaron la desigualdad, los abusos y los crímenes machistas. Es también estimulante la multiplicación de denuncias por esa forma de opresión que es el acoso sexual. Si a esas denuncias se les quita la borraja del oportunismo (algunas las plantean personas que hace treinta o cuarenta años se metieron por su propio pie, y tal vez persiguiendo su propio interés, en la boca del lobo) queda la cruda realidad de unos individuos que en democracias teóricamente avanzadas siguen abusando de su poder en los territorios más lesivos para la dignidad personal.

Ojalá se equivoque este crítico de cine y esas denuncias no sean una moda, ojalá estemos asistiendo al ocaso del acoso. Y ojalá no tengamos que esperar cuarenta años para denunciar otras conductas igualmente onerosas. Como ésta, fechada en España, que recoge un titular del jueves pasado y en las redes ha pasado casi sin pena ni gloria: "El número de mujeres que gana menos de mil euros al mes duplica al de los hombres".

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