Psicooncólogos: los psicólogos del cáncer

Psicooncólogos: los psicólogos del cáncer

Carlos G. Miranda
CARLOS G.MIRANDA ESCRITOR

Antes de decidir que lo mío era juntar letras, dediqué todo un lustro a licenciarme en Psicología. Soy de los que cuando se pierden lo hacen del todo, así que continué desviándome de mi norte magnético con un máster en Psicooncología que me convirtió en psicólogo especialista en pacientes con cáncer. Conseguí una beca en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid, en la unidad de Oncología Radioterápica, para investigar la calidad de vida de personas en tratamiento. Cada tanto, les hacía una entrevista clínica en la que dejaban constancia de su afectación por las quemaduras, el cansancio y otros efectos secundarios de la radio. Unos los llevaban mejor y otros peor, pero en lo que coincidían todos era en la herida emocional que les causaba la enfermedad.

Yo vestía bata blanca, pero tenía mucha menos vida detrás que ellos, así que me atrevía a hacer poco más que escucharles. Avancé en el diálogo gracias a una mujer que me aseguró que no buscaba palabras mágicas de consuelo, sino hablar del cáncer de mama que tenía sin sentir que debía ser una heroína para superarlo. Al mes de conocernos, perdió los dos pechos. Para cuando terminé la beca, ella ya había fallecido.

Fue la primera vez que tomé conciencia de que la vida iba en serio y en cualquier momento se acababa. Dejé la psicología y me matriculé en Comunicación, aunque no fui una gran pérdida para el gremio. Me faltaba esa capacidad de ofrecer contención que tienen los psicooncólogos cuando se sientan junto a una persona con cáncer. Les escuchan, apoyan, orientan, intervienen y, en las situaciones más difíciles, les ayudan a morir. También se dedican a sus familiares, porque para cuidar hay que estar cuidado.

Dicen que de lo que no se habla no existe, aunque deja de funcionar cuando se apaga la luzLo que hacen los psicooncólogos se aleja de la psicología clínica, que va de la mano de la psiquiatría, para acercarse a la psicología de la salud, que es la que se necesita cuando la vida se pone cuesta arriba. Recibir un diagnóstico con la palabra cáncer conlleva preguntas emocionales difíciles de responder. ¿Cómo puedo afrontar el tratamiento? ¿Qué hago con la incertidumbre? ¿Debo hablarle a mi familia de mis miedos? ¿Debo hablarme a mí mismo de mi miedo a morir? No hay una respuesta única para esos interrogantes porque cada paciente es único, igual que el modo de abordar la enfermedad, aunque el silencio no suele ser la mejor opción. Dicen que de lo que no se habla no existe, aunque deja de funcionar cuando se apaga la luz del dormitorio.

Durante mi año en el Ramón y Cajal, hasta al personal le sorprendía contar con un psicooncólogo. Entonces lo habitual para los pacientes que pedían apoyo psicológico era pasar por psiquiatría —algo que les estigmatizaba aún más de lo que ya se sentían—, porque la figura del psicooncólogo no estaba contemplada por la Seguridad Social.

De aquello hace ya 15 años y la cosa sigue igual. Sí está incorporado el psicólogo clínico del servicio de psiquiatría, categoría que alcanzan los PIR (psicólogos internos residentes) tras conseguir una de las escasas 130 plazas anuales que se ofertan para más de 4.000 aspirantes. Hasta la psicooncología solo se accede a través de estudios de máster, que ya da igual si son en universidades públicas o privadas porque cuestan un ojo de la cara.

De manera casi milagrosa, en Madrid se han formado servicios de psicooncología como en el que está Almudena Narváez, en oncología médica del 12 de Octubre; el de Mª Eugenia Olivares, en ginecología del Clínico; o en el que trabajó Javier Barbero (concejal de Carmena) en hematología de la Paz. Son pocos los adjuntos e interinos, ya que la mayoría de las plazas se cubren a través de fundaciones o asociaciones. El resto son estudiantes y becarios con capacidad de escuchar, como lo fui yo. Sorprendentemente, tan solo eso les ayudaba.

Los que mandan en nuestra sanidad, esa que es de todos, deben abrirles las puertas a los psicooncólogos. El cáncer ya es bastante duro como para que no se ofrezca la posibilidad de hablar de él con los profesionales adecuados a quien lo necesite. Lo que se habla existe, pero da menos miedo.

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