Manual para 'First Dates'

Manual para 'First Dates'

Carlos G. Miranda
CARLOS G.MIRANDA ESCRITOR

Me escribieron de First Dates para ver si quería ligar delante de media España, pero decliné la oferta. Siento decepcionaros como cronista, que ahí había un caramelo, pero es que, aunque ser espectador de primeras citas es divertido, protagonizarlas (con o sin cámaras) es un deporte de riesgo. Si la cosa sale bien, la adrenalina se dispara, pero como se tuerza… Eso es hacer puenting sin cuerda.

Acaba la fantasíay se libra el primer contacto visual, ya sin la posproducción

El programa se salta un paso previo a la cena: el chateo. Las apps de dating han conseguido que el encuentro ya no sea tan a ciegas y se pasen los días previos intercambiando mensajes. Se acaba con tendinitis en los pulgares de dedicar a alguien a quien aún no se conoce el primer y último mensaje del día. La imaginación puede echar a volar, tanto como la de Joaquin Phoenix enamorado de su ordenador en Her. Igual que en la peli, lo normal es que Samantha tenga más usuarios en la red con los que chatea a la vez, en los mismos términos (Joaquin también maneja sus comodines, claro). Pueden hasta llegar los celos antes que el contacto real en forma de cita.

En esa, acaba la fantasía y se libra el primer contacto visual, ya sin la posproducción que suelen padecer las fotos en redes sociales. En los mejores casos, la realidad supera a las expectativas. En los peores, se confirma la ausencia de eso que solo se descubre en persona, entra por los sentidos y los románticos llaman química. La naturaleza se encarga de que se sepa al segundo cuando se comparte; si es que no, surge el impulso de salir corriendo ante la perspectiva de pasar un rato íntimo con alguien con quien se había elaborado la expectativa de que iba a ser que sí.

Toda cita fracasada hace que sus protagonistas compartan un sentimiento: decepción

Por norma general, la corrección le puede a la sinceridad de soltar un "me voy porque no me has gustado" y se sigue adelante. Hay gente precavida que advierte antes de quedar de que tiene un plan ineludible una hora después que, si la cosa va bien, se cancela mágicamente. Lo cierto es que todos somos más que una primera impresión y la cita puede hacer que a esa se le dé la vuelta.

Lo de contarse en un rato la vida, cuando la edad empieza a alargarla, ya no es tan fácil. Para allanar el camino, las citas tienen un guion conocido por ambas partes con preguntas y respuestas cargadas de subtexto que nunca faltan. El objetivo es encontrar una relación o tener un rollo y, aunque si parece una entrevista de trabajo es un bajón, es inevitable que haya algo de marketing. Los alter ego perfeccionados por ambas partes no suelen desaparecer hasta la tercera cita, pero antes hay que dictar la sentencia de la primera…

En la vida real, no espera en el ropero Carlos Sobera para preguntar qué tal ha ido la cosa, aunque, si el resultado ha sido favorable, se sobreentiende pasando a las copas. Más difícil es vislumbrar cuando solo una de las partes siente que le ha tocado la lotería y la otra se ha llevado un chasco; como se alargue la noche, por aquello de la corrección por delante de la sinceridad, la cita puede acabar en cobra.

El peor veredicto, en el que ambos pasan el trago martirizándose por haber roto con su ex y ahora tener que estar en el circuito de citas, también se deduce. Excepto casos de franqueza extrema, la cosa suele acabar con un "me ha encantado conocerte" que luego se deja claro que "igual no me encantó tanto" con un poco de ghosting. El chat, que antes del cara a cara pitaba en cada reunión de trabajo, agoniza hasta acabar archivado.

Toda cita fracasada hace que sus protagonistas compartan un sentimiento: la decepción. La borrachera de seducción que empezó con un match, al cancelar la compatibilidad, lleva a despertar con una resaca de las de jurar que en la vida volverás a enchufarte un chupito de Thunder Bitch. Por suerte, el ser humano tiene Espidifen y una extraordinaria capacidad para olvidar malos tragos. También la de abrir una ventana de chat cuando otra se cierra, en la que recuperar la ilusión que despierta una primera cita. Son arriesgadas, pero también divertidas y, quién sabe, igual esa es la última.

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