¡Chissst! Dejad de hablar en los conciertos

Carlos G. Miranda
CARLOS G.MIRANDA ESCRITOR

Casi me sueltan una galleta en un concierto por decirles a los que tenía delante que se callaran. Estaba viendo a The Jesus and Mary Chain, un grupazo al que esperaba desde los noventa. Fui con un amigo, un rato antes de lo que ponía en la entrada para pillar un buen sitio cerca del escenario, pero siempre hay gente que sale antes de casa, y tuvimos que conformarnos con el medio de la pista. De puntillas, se veía bastante bien el escenario, hasta que se plantaron delante los típicos morrudos que hay en todos los conciertos. Son esos que se abren paso a codazos, mini por delante, justo cuando al fin sale la banda a la que tú llevas media hora esperando sin moverte de tu metro cuadrado. Encima, son más altos que tú.

Hablar es inevitable y no hacerlo sería un rollo incluso para la banda que toca

A mí me tocó un grupo de cuatro, chicas y chicos que seguro que jugaban fenomenal al baloncesto. Parecía que llevaban un montón de tiempo sin verse, que no paraban de contarse cosas, pero resultó que trabajaban juntos. Se traían una guerra con un compañero que era un trepa, de la que me enteré de todos los detalles (el tal trepa no lo era tanto, la verdad) porque los comentaban a más decibelios que los de los micrófonos. Se callaban entre canción y canción para aplaudir, soltar silbidos y hacer stories. En uno se me veía detrás con cara de cabreo, aunque el filtro de orejas de conejo que pusieron me restaba seriedad.

Me encontraba en una de esas situaciones en las que te toca fastidiarte porque alguien está siendo de lo más maleducado y tú, por no meterte en líos, te callas. Pasa en el súper cuando se te cuelan en la caja, en los restaurantes en los que el plato no sale como en la foto… Por ser correcto, me comí en el concierto de Placebo la historia de Laura, cuya vida amorosa volvía a tener sentido desde que se descargó Tinder. En el de Los Planetas me tragué las opiniones de una pareja a la que le había encantado Por 13 razones, spoilers incluidos. 

Ir a conciertos está de moda, y menos mal, porque gracias a eso han sobrevivido

Por primera vez en mi historial de conciertos, reescribí el guion y les pedí por favor a los tres gritones que hablaran más bajo. Me miraron mal, me dijeron algo que no les escuché bien, pero que no era un piropo, y siguieron a lo suyo: las voces. Les insistí en la siguiente canción, ya sin el por favor y diciéndoles que si no les interesaba el concierto no entendía qué narices hacían allí taladrando con su chapa a los que queríamos disfrutarlo. Añadí un leches, me crucé de brazos y ocurrió el milagro. ¡Se callaron! Bueno, solo durante unos segundos. Luego volvieron los gritos, pero en forma de bronca dirigida hacia mí: que si quién era yo para decirles cómo se tenían que comportar, que si a ver si me iba a ganar una galleta…

Total, que me fui al fondo de la pista con mi colega, que me echó la peta porque había ocurrido justo lo que él predijo. Es que no está muy claro lo de que en los conciertos haya que estar calladito. Sí parece que se da ese protocolo en los que son de estar sentado, pero los de pista se supone que son para compartirlos con amigos, tomar cervezas, cantar las que te sepas, grabar tu favorita con el móvil (no todas para que el de detrás vea el concierto a través de tu pantalla, por favor), menear el esqueleto… Hablar es inevitable y no hacerlo sería un rollo incluso para la banda, que no tiene pinta de que quiera tener un ejército de zombis silenciosos delante.

Otra cosa es aprovechar el rato del concierto para contarle la vida al público que te rodea a gritos. Para eso están los bares, en los que no cobran entrada y la bebida es mucho más barata, pero hay un montón de gente que ahora prefiere hacerse un roto en el bolsillo y ver música en directo que no le interesa. Ir a conciertos está de moda, y menos mal, porque gracias a eso ha sobrevivido un sector al que la piratería le puso una soga al cuello.

Además, que yo también he acabado viendo a un grupo que me daba igual, pero quedaba bien en Instagram. Eso sí, tenía claro que lo que quería escuchar el público estaba en el escenario, el único sitio en el que se deben pegar voces. La galletas, al volver a casa, con un colacao.

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