Cómo perdí 10 kilos gracias a un dibujo de mi sobrina

Cómo perdí 10 kilos gracias a un dibujo de mi sobrina

Dibujo de Carlota, la sobrina de Carlos G.Miranda
CARLOS G.MIRANDA ESCRITOR

 Si hace tres meses me cuentan que iba a escribir una crónica sobre lo mucho que he adelgazado, me habría dado un ataque de risa. Más que nada porque yo no estaba gordo. Si acaso, dejado. Vale que ahora veo las fotos del antes y parezco Papá Noel a tope de Just For Men, pero a mí nadie me había definido nunca como gordo. Para todo hay una primera vez y la mía llegó en forma de dibujo firmado por mi sobrina de 9 años, Carlota. Me lo regaló para que lo pusiera en la nevera, pero le dejé la goma de borrar y le pedí que le diera una vueltecita. La niña lo dejó como estaba porque me había retratado tal y como me veía en su cabeza: fuertecito. Lo peor fue que su abuela le dijo que me había sacado estupendo y, ya de paso, a mí me recordó que los niños siempre dicen la verdad. Si mi madre, que siempre había negado que Brad Pitt fuera más guapo que yo, me veía anchito, igual la cosa sí que se me había ido de las manos.

Me costaba creerlo porque siempre he sido de los que comen sin repetir plato y tirando a sano. La pizza no me entusiasma (creo que soy el único vecino de Malasaña que nunca ha pedido que le lleven una a casa) y prefiero el bonito con tomate a la hamburguesa, aunque sí tengo una debilidad: picar entre horas, a ser posible, dulce. La costumbre la pillé de chaval, cuando te zampabas una palmera de chocolate y una bolsa de Risketos en el parque, siempre acompañado de Coca-Cola. Pasados los veinte, resulta que todas esas guarradas sí que engordan, así que la mayoría las dejan por el camino. No fue mi caso. Es cierto que hacía tiempo que en mi casa no entraba un bote de Nutella para no caer en la tentación, pero si la gusa me pillaba por la calle me hacía con una bolsa de gominolas, una de Fritos, un donuts o todo a la vez. Igual era por adicción al dulce, por aplacar los nervios o porque las Oreo Gold están buenísimas, pero el caso es que, después del golpe en la cabeza que me pegó mi sobrina, decidí probar a dejar de malpicar entre horas, como me recomendó mi madre, y ver qué pasaba.

Artículos de esos que cuentan lo feliz que eres comiendo apio hay un montón. Yo os voy a contar la verdad: adelgazar es un coñazo. La mayoría de la comida de régimen está fría, agria o no sabe a nada. Para una dieta estricta no me veía (pesaba casi ochenta kilos, mido 1,70 cm y las tablas decían que me sobraban diez), así que decidí hacer la mía propia que probablemente ponga del revés a cualquier nutricionista y con razón. Conste que no pretendo sentar cátedra, sino compartir una experiencia sin frases motivadoras de libro del Vips. 

Para empezar, me organicé las comidas y las dejé en las cinco recomendadas, pero sin repeticiones. En España, no sé si porque la jornada laboral dura todo el día, tendemos a los redesayunos a las once, las remeriendas a las ocho y las recenas a medianoche. Lo mejor para meter una rutina nueva en tu vida es cambiar el entorno habitual, así que aproveché que empezaba un nuevo trabajo para dejar las magdalenas entre horas y probar con los plátanos. Lo sé, es la fruta que más engorda de todas, pero la otra opción era una napolitana de crema.