Escaños vacíos

Andrés Aberasturi
ANDRÉS ABERASTURI PERIODISTA

El desaire del presidente del Gobierno ausente en las intervenciones del 'día de después' es algo que se repite con demasiada frecuencia y no solo por parte de los presidentes. Cada vez nos vamos acostumbrando más a plenos que posiblemente sean de trámite pero que son 'plenos', como su nombre indica, en los que el hemiciclo de sus señorías aparece dramáticamente vacío frente a un orador que habla a casi nadie. La eterna disculpa es que en el Congreso se trabaja en muchos sitios y que la actividad en los despachos de los grupos debe ser febril e incesante. Pero esto no es una corrida de toros ni un partido de fútbol. Esas bancadas que ocupan los elegidos por el pueblo tienen que estar ocupadas por todos cuando toca reunión de todos, y si no lo están, es que algo no funciona bien: o bien se convocan plenos que no se tendrían que convocar, o bien algunos plenos coinciden con otras actividades importantes y entonces tampoco se tendrían que convocar, o, por último, sus señorías se toman a título de inventario lo que es su obligación y por lo que se les paga.

Lo que me parece de vergüenza ajena es ese desplante de una gran mayoría

Aún recuerdo con rubor –y espero que esta práctica ya no exista– cuando se les pagaba un extra por lo que no era sino cumplir con su deber y asistir a los debates. Aquí no vale traer incluso en camilla a diputados cuando un voto puede hacer perder o ganar algo importante para luego ofrecer al país el lamentable espectáculo del sillón vacío del presidente censurado cuando ya está todo el pescado vendido. No es serio, como no lo es –según he dicho– la ausencia masiva de señorías en según qué plenos.

A mí ya me da igual quién ha ganado o perdido más en la moción –que tal vez se repita en unos meses, pero sin abstenciones–. Lo que me parece de vergüenza ajena es ese desplante de una gran mayoría –y sobre todo del censurado– cuando el barullo ya está superado. Me parece  terrible y fundamentalmente hipócrita que sus señorías unas veces invoquen la sagrada representatividad de todos y cada uno y pidan respeto, y otras se dediquen a quién sabe qué y abandonen el escaño.

Pues, nada, cada cual a lo suyo. El Senado costando una pasta y el Congreso medio vacío

Pero parece que eso no tiene ya remedio y viene siendo así casi desde el comienzo de la democracia. Allá ellos y el desafecto que esto produce en la ciudadanía. No voy a insistir en el insólito caso del Senado, la famosa Cámara inútil, que después de no sé cuantos años de su creación sigue sin servir para nada, tan solo para bloquear un poquito alguna cosa y para que todos los partidos en todas las elecciones anuncien su intención de reconvertirlo en algo. De verdad que todo esto es muy cansino, muy caro y bastante bochornoso en un país en el que la macroeconomía irá muy bien pero donde la hucha de las pensiones está esquilmada. Pues, nada, cada cual a lo suyo, el Senado costando una pasta y el Congreso medio vacío cuando la cosa no tiene el interés –ni el respeto– de sus señorías ausentes.

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