Su hija Raquel, de tres meses, espera la vuelta de su madre al cuidado de su abuela, mientras su padre Tony Anikpe se queda al cargo de las labores domésticas y de su perro en el domicilio familiar.
¿Negocio roto?
Tal vez sea el interés que genera la miseria humana más que el generado por la propia Raquel Mosquera, lo que haya desembocado en que algo tan íntimo como un diagnóstico mental trascienda a los medios de comunicación y provoque una desmesurada movilización periodística en torno a la viuda de Pedro Carrasco.
De hecho, hoy mismo, las revistas del corazón han publicado las imágenes del coche de policía y la ambulancia que fueron a su casa para conducirla al hospital.
La simpática Raquel Mosquera, que tiene desarrollada una estrategia empresarial en torno a su vida privada, utiliza su intimidad como un producto de negocio, una decisión tan personal como respetable.
Pero esta vez Raquel ha sido traicionada y ha sucumbido a la indiscreción de alguien que sabía en qué estado se encontraba.
Lo peor de su historia no es que sus miserias mentales sean ya de dominio público, lo peor es que tratándose de la Mosquera, alguien ha robado algo más que la intimidad de una persona, ha robado su mercancía, el pan que le da de comer.
Lo más triste de la situación en la que se encuentra Raquel Mosquera no es que todo el mundo sepa que está ingresada en una unidad psiquiátrica, es que ni siquiera ha tenido la oportunidad de vender su psicosis para compensar el daño moral que le hayan podido infligir.




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