Las yemas de sus dedos marcan mi piel más que los rayos del medio día, aprietan mis muslos, mis pechos, imagino que algo acabará amoratado pero poco me importa, el vaivén del agua helada en mi espalda consigue tranquilizarme. Me pongo encima y muerdo con fuerza cada uno de los pliegues de su piel hasta que la sal y el sol me secan los labios. Llega el turno de réplica. Me maneja como a una muñeca. Tomo aire profundamente pero la bocanada se me corta antes de satisfacer mis pulmones, creo que no existe oxigeno suficiente. Se acomoda sobre mí y me dejo hacer, no encuentro motivos para lo contrario. Los abdominales se me contraen de una manera casi dolorosa cada vez que me lame y creo que mis pezones le pueden a los riscos de lava que nos rodean.
Se acomoda sobre mí y me dejo hacer, no encuentro motivos para lo contrario Una ola lo arrastra, sube hasta mi cuello, a mi boca, mis ojos, la arena se adapta a mi cuerpo con su peso. Su cara está desencajada. Niego con la cabeza y él se detiene, sólo tardo unos segundos en abrir los ojos y negar lo negado. Estamos en una cárcel de acantilados cobrizos, una cala inaccesible para turistas. Me extingo. Soy un organismo a punto de desaparecer, algo que muere y nace con la marea. La palabra “oleaje” tiene un nuevo sentido para mí. Creo que le hemos robado el patio de juegos a los sargos que permanecen, desde hace horas y probablemente por puro pudor, dentro de sus cuevas. De la nevera del barco baja el vino blanco y bebe ahogadamente de la botella. Pruebo la uva de la comisura de sus labios. Es un gran vino y se ha enriquecido con el sabor a sudor y sexo.
Supongo que toda mujer cree saber dónde están sus propios umbrales pero yo hoy he sobrepasado los míos tantas veces y de tantas maneras distintas que ahora mismo dudo que sea sano siquiera haberlos tenido alguna vez. Sepa usted, caballero, que si me río tanto es porque, simplemente, me divierten tantas ces, eses y zetas juntas, y que el próximo mes le llevo a ver el amanecer al Teide, después de ruborizar a los peces quiero darle envidia a las estúpidas de las estrellas.




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