Bucéfalo, Babieca, el de Atila, que por donde pisaba no volvía a crecer la hierba, unicornios, pegasos... Los caballos llevan acompañándonos desde que el hombre es hombre. Pero, al contrario que otros animales, el equino posee tal belleza que parece estar dotado de un halo mágico, casi místico, ese que nos embelesa cada vez que contemplamos su hermosa figura.
Tal vez por eso visitar el Hipódromo de la Zarzuela un día de carreras sea una experiencia tan diferente. Porque aquí, amigos, quien compite no somos nosotros (atletismo), ni la máquina creada por nosotros (Fórmula 1), sino un fiel compañero sobre cuyos lomos ha cabalgado medio planeta. Y eso se nota. Y de verdad.
Un buen jockey es aquel que nunca pierde una carrera que debe ganar
Los orígenes de este hipódromo también tienen aires míticos. No sólo porque sea el principal referente en nuestro país de los aficionados al turf (nombre con el que se designa a las carreras de caballos), sino por lo abrupto de su historia. Abrió en 1941, un siglo después de que llegara a España el primer semental de pura sangre inglés, raza creada especialmente para el turf y famosa por su rapidez, pero también por su fragilidad.
El año de apertura se retrasó un tiempo debido a la Guerra Civil. Hacía tiempo que el antiguo Hipódromo de la Castellana se había quedado pequeño. Hacía falta uno nuevo, que se construiría junto a El Pardo (de ahí sus espectaculares vistas de la capital, con las cuatro torres de fondo). Resultó elegido el proyecto de los arquitectos Arniches y Domínguez y el ingeniero Eduardo Torroja, los cuales firmaron una obra tan imponente que acabó siendo designada Premio Nacional de Arquitectura y Monumento Histórico Artístico.
El primer millón
Desde entonces se ha corrido mucho. Y también ganado. En 1968 se repartió por primera vez un millón de pesetas. Precisamente fue en aquella época cuando Isaac empezó a interesarse por este mundo: "Ni los toros ni el fútbol, a mí lo que siempre me ha gustado son los caballos". Isaac es uno de los espectadores que asistió al último Gran Premio de Madrid. No ganó nada pese a ser un zorro viejo en estas lindes. Aunque tampoco parecía importarle demasiado. Lo que realmente le mueve es la pasión por los equinos, y con eso le basta.
La pasión de Isaac tuvo un paréntesis en 1996, cuando el hipódromo cerró y tuvo que intervenir el Estado para que se volviera a abrir. Lo hizo en 2005, pero manteniendo ese toque vintage que le ha hecho tan famoso y reconocible.
Los novatos que asistan a las próximas carreras (el recinto cierra en agosto, pero en septiembre volverá el espectáculo) deben saber que existen diferentes formas de apostar. Las más comunes son al caballo ganador, al primero y al segundo, la gemela (los dos primeros, sin importar el orden) y el trío no reversible, lo más parecido a una escalera de color: que los tres caballos elegidos acaben primero, segundo y tercero, en el orden que usted disponga. La apuesta mínima es de un euro, pero se pueden ganar miles...
Eso sí, esto del turf es totalmente imprevisible. Por ejemplo, en la quinta carrera del Gran Premio de Madrid hubo un campeón inesperado. Acababa de llover, y la pista estaba blanda, lo que le dio mucha ventaja frente a sus contrincantes, más acostumbrados a competir en seco.
"Un buen ‘jockey’"
Así que, a la hora de jugarse los euros, los veteranos del hipódromo nos aconsejan ser muy cuidadosos y fijarnos en todos los detalles del caballo elegido: sus ancestros, sus otras carreras, el brillo de su pelo, las orejas en alto, la cola con forma de arco... Uno de los espectadores nos dice que también debemos prestar atención al jockey: "Un buen jockey es aquel que nunca pierde una carrera que debe ganar", nos dice. Aunque hay algo, según Isaac, que nunca falla: "¡Las manchas en el culo! Eso significa que tiene buena salud".
De todos modos, si su intención no es apostar, también puede acudir al hipódromo para disfrutar de su estupendo ambiente. Dispone de cafeterías y restaurantes para tomar algo, aparte de castillos hinchables y otros entretenimientos para los más pequeños, además de montones de hectáreas de zona verde para cabalgar libre cual Rocinante.
Ni aristocrático ni elitista
En el último domingo de competición, en el hipódromo se veían más vaqueros que pamelas. Y es que, pese a la fama, esta afición no es nada aristocrática. La entrada cuesta nueve euros (cinco euros los jueves). Las carreras siguen todos los jueves, hasta mañana. Las de los domingo se reanudan el 5 de septiembre.
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