Muerte de un tren

Mal augurio es que los alcaldes de quince localidades, en su mayoría de nuestra región, se movilicen alarmados por las presuntas intenciones de la dirección de Renfe de acabar sigilosamente con el tren directo Madrid-Burgos.
Terminado con los acostumbrados fastos de la época de julio de 1968, habría durado menos de cuarenta años. Tras otros tantos años de gestación, siempre adoleció de muchos defectos.

Proyectado antes de la guerra civil –algunos de sus túneles fueron depósitos de municiones o refugios– como ferrocarril de doble vía, sólo tiene una y está sin electrificar. Parte de su trayecto parece trazado con regla, pero se pierde por la sierra de Madrid en interminables vericuetos, y a veces sus estaciones se hallan a kilómetros de las ciudades cuyo nombre llevan (caso de Riaza) o son tan poco accesibles como la de Aranda. Sus servicios se han ido reduciendo, primero por la política de predilección por la carretera y ahora por el AVE. Como con el difunto Santander-Mediterráneo, años de inversiones para nada.

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