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Poeta a pie de calle

Poeta a pie de calle
Los libros de González pueden encontrarse en El Árbol de Poe. (M. Mesa)
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Una vez lo definieron como «nihilista tierno», y dicho eso, sobrarían todas las demás palabras de este perfil, pero Juan Miguel González (Barrio de La Trinidad, 1947) es un poeta esencial de la Málaga de carne y hueso y apenas se sabe de él.
«Tal vez tenga vocación de póstumo –ironiza sin amargura–, pero me he mantenido en el retiro. Creo que la poesía es de orden moral y no puede estar vinculada a camarillas».

De González se habla poco, pero él habla con los poetas inmortales en las tardes largas y casi silenciosas (de vez en cuando gime un trombón o una viola) del local de ensayo de la Filarmónica de Málaga, donde trabaja como recepcionista.

El poeta pone en el trabajo el cuidado y la dignidad que destilan sus versos. Ha asimilado tanta poesía que juega con los metros clásicos sin perder frescura. «En mi casa éramos pobres; no había libros. Un día una de mis hermanas trajo uno. Yo tenía siete años. Lo abrí por una página y me llamó la atención el dibujo que formaban las líneas del texto. Era un poema. Cuando lo leí sentí algo tan intenso como una revelación».

En ese instante Juan Miguel se adivinó poeta, aunque lo mantuvo mucho tiempo en secreto, pues «la poesía estaba mal vista». Luego empezó a sacar, con pereza digna, algunos versos para consumo de amigos y compañeros de viaje.

Un día sus poemas llegaron a manos de los Tabletom (grupo mítico malagueño) y se los devolvieron convertidos en canciones tan hermosas que quince años después siguen pariendo discos juntos, con la calma de quien ha aprendido a no esperar nada. Como él dice: «Soy la plegaria que se precipita. / El instante seré con que sostengo / la nada en flor, la eternidad marchita».

Algo

Los años pesan y el fervor caído.
Pesan los sueños, Dios, y pesa el canto.
¿Qué esperaba sin ti, de mí, de cuanto
más amé?: resistir. ¿Y he resistido?

No lo sé. No lo sé. Vivir ha sido
dudar del día y aprender del llanto.
Las sombras celebré, amé el encanto
de las palabras por quien fui vencido.

A duras penas de mi mal me valgo;
con perezoso horror al mundo atiendo;
de malas ganas de estos muros salgo.

Sé que están los almendros floreciendo…
No todo lo perdí, me queda algo:
el dulce asombro de seguir viviendo.

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