Coge la línea de voz de una canción y mézclala con la instrumentación de otra. El resultado es un mashup, un género también denominado bootleg (término a menudo empleado para referirse a los discos piratas) o bastard pop. Tan sencillo como eso. O tan complejo. Quizá simplemente tan divertido.
Hace tiempo que todo hijo de vecino tiene a su alcance la tecnología necesaria para llevar a buen puerto una mezcla insólita y dar forma a un mashup. En principio, basta con un ordenador y un programa de edición. Y sin embargo, a veces es necesario algo más que eso: destreza, oído, sentido del ritmo y amplios conocimientos musicales son algunos de los ingredientes fundamentales para que el cóctel sea un éxito.
Aunque la idea de superponer canciones es tan antigua como la propia música grabada –ya en los cincuenta se experimentó con lo que serían los mashups primigenios– no fue hasta principios de este siglo cuando la idea adquirió tintes masivos. El DJ inglés Freelance Hellraiser tuvo la ocurrencia de mezclar Hard to explain, de los rockeros neoyorquinos The Strokes, con el hit de Christina Aguilera Genie in a Bottle. Aquel fue el primer gran mashup.
En EE UU, DJ E-Worm se ha convertido en un referente del mundillo. Cada año confecciona un gran mashup bajo el nombre United States of Pop, en el que fusiona los 25 singles más vendidos. Desde nuestro país, los valencianos Cookin’ Soul, un trío formado por los productores de rap Big Size, Milton y Zock, se han convertido en auténticos maestros en mezclas imposibles.
"Cuando Noel Gallagher, de Oasis, declaró que un rapero como Jay-Z no podía ser el cabeza de cartel del festival de Glastonbury, se nos ocurrió la idea de mezclar a los dos, algo que por ellos mismos nunca ocurriría...". El resultado fue un éxito, y el mashup tuvo repercusión mundial. MTV, Rolling Stone e incluso los propios Oasis realizaron declaraciones al respecto.
Participativo y alegal
El mashup es un género nacido a la sombra de Internet, lo que lo ha llevado de manera inevitable a ser considerado alegal. Sus creadores no ostentan los derechos de las canciones que usan, por lo que, tras las llamadas Bootie Parties –fiestas en las que suenan estas mezclas sin parar, y que proliferan en Francia y EE UU– cuelgan las sesiones en la Red.
Los usuarios las descargan gratis, toman ideas, crean las suyas propias, las pinchan en otras fiestas y vuelven a subirlas, contribuyendo a así a consolidar el que ya es el primer gran género 2.0 del s. XXI. Siempre con una máxima en la cabeza: no existe la mezcla imposible.
Las discográficas, reticentes
En 2001, el mashup de DJ Freelance Hellraiser con Christina Aguilera y los Strokes como protagonistas gustó tanto que una radio de Londres lo colocó en su lista de éxitos. La reacción de Warner, la multinacional que cuenta con los derechos de Aguilera, no se hizo esperar, y la emisora tuvo que retiralo.
A día de hoy, las discográficas muestran una actitud reticente hacia un género cuyas características chocan frontalmente con los derechos de sus artistas. Tan sólo EMI apostó en 2004 por distribuir The Grey Album, en el que Danger Mouse (productor de rap y 50% de Gnarls Barkley) mezcló la música del disco blanco de The Beatles con las rimas de The Black Album del rapero Jay-Z.


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