Como ellos, miles de inmigrantes tienen que hacer frente, además de a los altos precios, a los prejuicios de muchos españoles para alquilar. Cuando lo consiguen, a menudo son sus propios compatriotas quienes abusan de ellos subalquilando habitaciones. «Es un círculo vicioso –declara Álvaro Zuleta, presidente de la Asociación por Ecuador y Colombia (ACULCO)–, piensan ‘como a mí me roban, ahora voy a robar yo también’».
La mayoría, de alquiler
Así es como surge el fenómeno de las casas patera, viviendas donde viven hacinados decenas de inmigrantes, o las conocidas como camas calientes, que se alquilan para dormir en turnos de ocho horas. Fenómenos que muchas veces cuentan con la complicidad de los propietarios. Ahí es donde se cierra el círculo. «Como asumen que van a subarrendar las habitaciones, las alquilan a unos precios desorbitados», denuncia Emiliana Gómez, de la Confederación de Consumidores y Usuarios (CECU).
Tampoco la compra de una vivienda parece la mejor alternativa. Según el Colegio de Economistas de Madrid, sólo el 30% de los inmigrantes son propietarios, una cifra muy inferior al 85% de españoles. «Muchos no tienen capacidad de ahorro, porque envían lo que ganan a sus países de origen», afirma Rosa Cano, directora de la asociación de ayuda al inmigrante Columbares. A esta situación hay que añadir que la mayoría no dispone de contrato fijo ni papeles, condiciones imprescindibles para pedir una hipoteca.
Algunas soluciones
Una de las maneras de salir de esta situación es acudir a los planes de vivienda de las distintas administraciones, ya que todas contemplan ayudas específicas para colectivos desfavorecidos, como el inmigrante. Otros organismos, como ONG y sindicatos, actúan como mediadores recuperando pisos para su alquiler o venta, o consiguiendo un trato justo para los inmigrantes. Por último, para los que piensan en comprar una casa, ya existen hipotecas con condiciones especialmente pensadas para ellos.
La prueba del teléfono
«Lo siento pero el piso ya está alquilado». Ésta es la contestación que encontró Marcela (en la foto), una colombiana de 29 años, a la mayoría de sus llamadas para encontrar casa, que casi siempre comenzaron con un «¿y tú de dónde eres?». Ante una respuesta así, poco se puede añadir. Aunque se esté mintiendo deliberadamente, como pudimos comprobar tan sólo unas horas después, cuando era un español el que llamaba y los pisos estaban entonces libres para él. «El problema es la voz, en cuanto detectan el acento es muy difícil alquilar», afirma Marcela. Además de tener que dar todo tipo de explicaciones sobre su procedencia, su ocupación y su situación legal a las primeras de cambio, la inmigrante se encontró con que algunos propietarios incluso le pedían más dinero o garantías que al español para alquilar el mismo piso.



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