Antes de que Belén Esteban se convirtiera en la reina plebeya de la prensa rosa que es hoy, antes de que un pizpireto Jesulín de Ubrique le rompiera el corazón, mucho antes de que pasara por una clínica de estética para siliconar sus pechos y sus labios, y poco después de abandonar los estudios para comenzar a trabajar en un puesto poco cualificado, las telenovelas se apoderaron de la parrilla televisiva española provocando lucrativos picos de audiencia y oleadas de emoción.
Un telerromance inacabado
Quizá Esteban se recostó alguna de esas tardes de principios de los noventa en el sofá familiar, en el modesto barrio madrileño de San Blas, pendiente del televisor. Su padre, Francisco, pintor de brocha gorda, y su madre, Carmen, asistenta, estarían atendiendo sus quehaceres. No sabemos si sufriría por la suerte de la heroína, y si ya entonces presagió que su vida podría seguir el mismo curso que la de una de esas madres coraje de culebrón.
Pero en comparación con aquellas tramas que no duraban más de 100 capítulos, la historia de Belén Esteban, tras diez temporadas, parece inacabada. No ha habido desenlace feliz, ni beso final. Y Esteban -y su melena decolorada, y sus coleteros sin clase, y sus gafas de sol demasiado grandes pero de marca, y sus ojeras abultadas, y su rictus de lucha y de rabia y de cargar con injusticias, porque la vida no la ha tratado bien-sigue sufriendo… por los platós.
El personaje del colorín más rentable
Enfrente, las informaciones que aseguran que sus honorarios son más altos que los de Zapatero; que también supera a éste –y a Rajoy, y al Rey- en presencia televisiva y que la revista Interviú trata de tentarla con cifras astronómicas para que pose, por tercera vez, en su primera página. Sus anécdotas acaparan las portadas rosas, y hasta la refinada publicación ¡Hola! ha tenido que rendirse ante el poder de fascinación que ejerce la de San Blas sobre los lectores y le reserva algunos de sus espacios, si bien más discretos.
"Es honesta, tiene un buen corazón, le han dado por todos los lados", sostienen los partidarios de esta musa del pueblo llano, de verbo rápido y ordinario y cuentas saneadas, que parece decir lo que piensa y que habla sin pensar.
Cada día, Esteban sale por el portal enrejado de un bloque de pisos de clase media situado en el barrio de su infancia. Las facciones duras, aún sin retocar por las manos expertas de los maquilladores del espacio del que es tertuliana. Unos minutos después su rival, María José Campanario, la mujer que sí se desposó con Jesulín, atraviesa la entrada principal del mayestático chalé que comparte con el diestro. Conduce su propio coche (¿sabrá conducir Esteban?) y alza su cara llena y saludable.
No hará declaraciones sobre la ex de su marido: no le importa si ningún diseñador ha querido hacerle el vestido de novia, si se acaba de divorciar o si quieren investigarla por vulnerar los derechos de su hija. Mucho menos le inquieta pensar que Esteban pueda tener los días contados en televisión; que un día, el menos pensado, el medio que hoy la encumbra se olvidará de ella definitivamente.
Belén mira las imágenes de la señora de Ubrique. Se diría que va a estallar. Pues ella sí que tiene que contar, vaya si va a contar. Esa misma noche, en su programa. Esa se va a enterar.
La estrella de la estadística
Belén Esteban no sólo es más popular que María José Campanario: además, cae mejor. Así lo indica un sondeo reciente elaborado por Sigma 2 y en el que la colaboradora de Telecinco obtuvo un 41,9% de las simpatías de los encuestados frente al 19,5% de su opositora. No es el único estudio en la que la ex jesulina ha salido triunfante. El bloguero Ángel Corbalán relata en su bitácora como un grupo de amigos preguntaron a los habitantes de tres ciudades españolas qué sabían sobre Belén Esteban y qué sobre el ex jesuita y cooperante Vicente Ferrer. Los resultados para el segundo fueron demoledores. ¡Ay, si Vicente Ferrer levantara la cabeza!




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