"Hi, babe, what's your name?". "Pues mira..., las once casi y media...". Estaba de pie, brazos en jarra, en la orilla, planteándome serias dudas sobre la conveniencia o no de darme un chapuzón después del frugal desayuno a base de callos con garbanzos y cerveza. Veleros en el horizonte. Una señora mayor con un gorro de piscina. Dos fornidos muchachos jugando a las palas con afectación (rollo Rafa Nadal y tal). Japoneses haciendo fotos. Y el agua lo menos a 5 bajo cero.
¡Ostras! Cómo marca esto sin huevera...
Yo no sé de dónde salió esta chiquilla tan dulce y maravillosa. Me picó a la espalda. Me dijo no se qué de "yur nein" (será gallega, no sé...) y yo le di la hora cortésmente. Ella rió y me invitó a meterme en el agua. Tenía un cuerpazo de escándalo y creo que también un poco de ‘dobledosis' de alcohol. Probablemente estaba continuando la fiesta. "Que no me meto ahí, hombre. Está congelada". "Please! Come with me!", me dijo. "Que no, que no". Retrocedió y volvió a buscarme. Me cogió de la mano, y ahí fue cuando sentí una dureza impresionante allá donde suenan las campanas; cuando la llamada salvaje de la naturaleza se hizo notar. Ahora sí o sí, había que meterse en el agua. Maldita sea. Los callos. La digestión. Y qué buena está la muchacha, madre mía.
Di dos pasos adelante sin soltarme de su mano. "Come on, guy!". "Que sí, que sí, que ya voy" (¡Ostras! Cómo marca esto sin huevera...). Ella andaba caliente, eso estaba claro, y me había elegido a mí, desinhibida y sin cortapisas, para echar un buen rato, o vaya usted a saber qué. Nos metimos en el agua (5 bajo cero lo menos) y se puso a nadar. En 20 segundos se había alejado no menos de 50 metros y me saludaba con la mano subida al banco de arena: "Hi, babe!". "¿Pero dónde vas?", le contesté. Hete aquí el quid de la cuestión: yo no sé nadar. "Niño..., ven p'acá un momento". "¿Qué?", me contestó muy serio. "Te doy 20 euros si me dejas el flotador".
¿Alguien ha hecho alguna vez el amor con un pato-flotador en la cintura?




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