«Te queremos abuela». Así reza un humilde plato de recuerdo que «mis niños me regalaron», dice ella orgullosa, y que preside su salita.
Desde su pequeño hogar, en la residencia Fray Leopoldo, Toribia (86 años) repasa toda una vida llena de «buenos y duros momentos». Hoy, el Ayuntamiento le rinde un merecido homenaje por su dedicación y entrega a los más necesitados.
En Almanjáyar «todos me llaman abuela». Su paso por este barrio ha dejado huella: «Fueron los mejores años de mi vida», comenta con cierta melancolía.
Se fue de allí hace ocho años, «porque enfermé del corazón», el mismo que se quedó con los vecinos de la Zona Norte, donde se dedicó en cuerpo y alma a «los jóvenes que se metieron en la droga. No podía quedarme quieta mientras veía como se destrozaban la vida. Ahora me alegra ver cómo se recuperan».
Confiesa que a veces «me quedaba sin comer» para ayudar a sus vecinos, a inmigrantes o estudiantes «que acogía en mi casa porque no tenían a nadie». Esta abuela coraje nos da una lección de generosidad: «No merezco tanto cariño», dice. Puede que sea lo único en lo que se equivoca. Felicidades.


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