Ramiro G. de V. tiene unos magníficamente bien llevados 76 años, es diplomático de carrera, y su porte aristocrático recuerda en mucho al personaje del Gatopardo de Lampedusa. Aquél a quien encarnara como nadie Burt Lancaster en la legendaria versión cinematográfica de Visconti.

Entre las joyerías, Suárez, Carrera y Carrera, Cartier y Bulgari. El último en aterrizar en la zona ha sido Manolo Blahnik, el diseñador de zapatos canario que viste los pies de más princesas y celebridades.
Este barrio ya no es un barrio, sólo es un inmenso centro financiero y comercial
Después de toda una vida recorriendo el planeta, Ramiro G. de V. vive a sólo unas manzanas de aquí, en uno de los pisos de la casa que un día fue de sus padres. El resto del edificio está ahora ocupado por oficinas. Ramiro sabe que tarde o temprano acabará cediendo para irse a vivir con una de sus hijas a La Moraleja. “Y es que este barrio ya no es un barrio, sólo es un inmenso centro financiero y comercial” acaba por decir Ramiro con esa rabia calmada que imprimen los buenos modales y la sabiduría.
“¡La gente se ha vuelto completamente loca!” exclama Carmen A. A. después de recoger primorosamente en una bolsa de plástico los restos que un momento antes su perro acababa de depositar en la acera.
El grito se ha escapado de su boca ante un escaparate que ofrece un bolso a 4.200 €, un traje a 2.950, y un portakleenex a sólo 280 €. “¡A la cantidad de personas que se podría ayudar con ese dinero! Yo no suelo venir mucho hacia este lado, soy más del mercado de La Paz, donde las tiendas son más de toda la vida”.

Hasta hace poco Carmen regentaba la corsetería que acaba de traspasar. Tiene 65 años y con la jubilación en la mano está a punto de vender el bajo en el que vive para irse a descansara a Torrevieja.
Mientras paseamos comento con Carmen que los dependientes de las grandes tiendas son reticentes a hacer declaraciones. Dicen estar hartos de que la prensa del corazón les interrogue acerca de las celebridades a las que visten.
Carmen me cuenta a su vez que en una ocasión vio a Victoria Beckhan y en otra a Ana Obregón entrar en uno de estos locales.
“Unas frívolas. Se creen estrellas y sólo saben gastar dinero. Antes yo conocía a casi todo el barrio. Aquéllas sí que eran señoras. Venían a mi tienda a que yo les cosiera algún traje nuevo o les hiciera algunos arreglos en el abrigo del año anterior. Aquello sí que era educación”.
Tras dejar a Carmen recupero fuerzas en el bar de Paco C. R. A estas hora el bar está más bien tranquilo, aunque en las hora puntas Paco me cuenta que esto es un sin vivir. “Aquí servimos sobre todo a los ejecutivos y demás personal de las oficinas cercanas. En la época de mi padre éramos un restaurante más familiar, incluso llevábamos la comida a domicilio a media docena de casas de la zona. Ahora ya no servimos a la carta. Tan sólo tapas surtidas y pinchos. La gente no tiene tiempo para comer sentado. Pero no nos podemos quejar, el negocio marcha bien”

Calle abajo no dejo de repetirme la mítica frase que el revolucionario Tancredi espetaba a su tío, el Gatopardo, Príncipe de Salina: “Todo debe cambiar para que todo siga igual”.
Creo que ni Ramiro ni Carmen estarían de acuerdo con estas palabras. Aunque seguramente Paco sí. A él le gustarían. La próxima vez que pase por su bar tendré que comentárselo.
El precio del suelo, por las nubes
En las agencias inmobiliarias en las que he preguntado, no han sabido o no se han atrevido a darme ni por aproximación el precio de mercado de los locales comerciales de esta milla dorada.
El valor es simplemente aquel que el cliente esté dispuesto a pagar
“Podríamos darle un precio aproximado, pero faltaríamos a la verdad, el valor es simplemente aquel que el cliente esté dispuesto a pagar. Nunca queda ningún local libre. Incluso hay lista de espera”.
Abandono el barrio cuando los establecimientos de lujo empiezan a echar el cierre. A medida que descienden los enrejados metálicos recuerdo la noticia que hace poco tiempo leí en un periódico italiano que de forma casual vino a caer en mis manos. Narraba el reciente y verdadero final del palacio barroco de Lampedusa. El mismo en el que el autor se basó para contar el fin de toda una época.
Al parecer el último propietario del palacio fue un excéntrico siciliano que siempre vestía de negro y que murió sin descendencia. Dos días antes de morir dicho caballero rehizo su testamento dejando absolutamente todo su capital a Rosario di Falco, más conocido como Don Saro, el enterrador del pueblo que en los últimos tiempos le sirvió como chofer y acompañante.
El palacio ahora es una ruina que se cae a trozos y en cuyas ventanas no queda entero ni un solo cristal. Eso sí, Don Saro se ha encargado de cambiar el viejo portalón de madera por uno nuevo, de aluminio galvanizado, cuyo brillo se clava en el alma de los mayores del lugar, allí donde habitan los recuerdos. Y es que es posible que todo deba cambiar, pero a veces duele.
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