Un escalofrío recorrer el cuerpo cuando una palabra, cáncer, sale de los labios de un médico. El tiempo se detiene, emergen la dudas, afloran los pesimismos... Y surge el miedo a lo desconocido.
"El cáncer es un tabú en esta sociedad, casi un sinónimo de muerte". Habla Raúl Villacampa, oscense de 33 años al que en 2006 un cáncer le cambió la vida; el 5 de julio de 2009, un día antes de su cumpleaños competirá en una de las pruebas más duras del mundo: el Ironman de Klagenfurt (Austria). Por delante, 3,8 km de natación, 180 de bicicleta y 42,195 km de carrera.
Negativicé, aunque en varias pruebas había unas manchas que no se sabía bien qué era"
"Me diagnosticaron un tumor germinal de nivel III en el testículo con metástasis en el abdomen, en los pulmones y en varias zonas del tórax", explica.
Un caso extremo, parecido al del ciclista Lance Armstrong, que encontró luz en el último de los siete ciclos de quimioterapia que se extendieron durante seis meses de su vida: "Negativicé, aunque en varias pruebas había unas manchas que no se sabía bien qué era. Pasé tres veces por el quirófano".
Volver a empezar
Villacampa se aferró al deporte para superar las sensaciones negativas. "Cuanta más quimio, más intoxicado. Tu cerebro recibe la señal de que cada vez estás peor y eso lo acabas asociando a la enfermedad y su evolución", explica.
Cuanta más quimio, más intoxicado. Tu cerebro recibe la señal de que cada vez estás peor"
Y ganó. El deporte se instaló en su vida y pensó que su experiencia podría ayudar sin suponer "repartir caramelos en una consulta". Por eso inició el proyecto Aprovéchate del cáncer. A esta enfermedad se la vence desde la mente.
Una nueva vida tras la enfermedad
El cáncer supuso un punto de inflexión para la vida de Raúl Villacampa. "Ahora, con el paso del tiempo, y aunque suene raro, veo que la enfermedad me ha dado muchas cosas positivas".
Abandonó Barcelona, donde este licenciado en Empresariales tenía un cargo de responsabilidad en una multinacional de la restauración. De la ciudad se mudó junto a su familia a Navasa, un pueblo de apenas 30 habitantes cercano a Jaca y en el que abrió una casa rural, El Caserío de Fatás. "Al final, la vida en un pueblo es mucho más sencilla y con un ritmo de vida diferente", agradece y valora.


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