Unos minutos después, algunos de sus compañeros ya calientan sobre el escenario del recinto de la Gran Vía. Al ritmo de temas pop corren, dan saltos, bailan... mientras charlan y se ríen unos con otros. Al mismo tiempo, en otra habitación, los compañeros más tranquilos prefieren aprovechar una clase de ballet para hacer sus estiramientos.
En el foso, la orquesta
En la misma habitación se reunirá luego todo el elenco para el calentamiento vocal. Ni siquiera mientras entonan arpegios acompañados por un teclado dejan de lado las bromas, y aprovechan para hacerse gestos y moverse sin parar. Entre tanto, y a pesar de que a ellos no se las verá sobre las tablas, otras muchas personas trabajan para que el espectáculo luzca. Es el caso de las empleadas de sastrería, quienes nos cuentan que deben arreglar a diario muchos de los trajes de la función, puesto que por lo brusco de las coreografías suelen deteriorarse. Por otra parte, en el foso, se prepara la orquesta, que conforman siete músicos y el director.
Faltan 20 minutos para que empiece la función y a sus protagonistas ya sólo les falta maquillarse –algo que hacen ellos mismos– y vestirse. Durante la función, entre bambalinas, contarán con la colaboración de regidores, peluqueras, sastres... por lo que pudiera pasar. Se oyen las primeras notas de una canción de Bee Gees y... ¡arriba el telón!


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