Pum Chru es un asentamiento tampuan formado por una docena de cabañas ensambladas con cañas, madera y paja y que sus inquilinos comparten con gallinas, cerdos y vacas que pacen a sus anchas.
No falta en el lugar una red que cruza una rudimentaria pista de voleibol, ni el tótem del que cuelgan las ofrendas para contentar a los espíritus.
Las mujeres se encargan de la leña y el agua, lo que a veces supone una caminata de kilómetros, una función que asumen desde niñas y que desempeñan hasta que el cuerpo les aguante.
Los hombres distribuyen sus quehaceres entre la construcción de los chamizos, la caza y la tala de árboles.
Todos ellos, hombres y mujeres fuman sin cesar una picadura que lían con hojas o el recorte del periódico que algún comerciante ambulante olvidó.
La vida indígena basada en la explotación de los recursos naturales de los bosques, el cuidado de una pequeña huerta y la cría de animales es frágil, aunque les haya bastado para subsistir desde hace siglos.
Rocham Pin perdió tres de sus diez hijos porque no llegó a tiempo al ambulatorio que, en cuestiones de salud, no siempre es la primera opción para un colectivo de creencias animistas y en el que todo se explica a través de los espíritus.
Si alguien enferma, se confía la recuperación del interesado al sacrificio de una gallina; si empeora, un cerdo; y si el caso es mortal de necesidad, un búfalo.
La monótona rutina del pueblo la rompe un vendedor ambulante de helados: un jemer, que aparece subido a una motocicleta que lleva adosada un sidecar en el que carga una nevera y un equipo de música.
"Me marché de Kompong Cham porque allí no tenía tierras ni vendía nada. Ahora voy de pueblo en pueblo", relata el heladero, quien presenta los mismos rasgos de pobreza que la de su clientela.
Los forasteros han introducido en Pum Chru y en otras aldeas de Ratanakiri (montaña de las piedras preciosas) nuevo hábitos y necesidades, como las motos, el televisor con batería y el alcohol.
Las mujeres, sobre quienes recae la obligación de acudir al mercado para vender las hortalizas, deben además desentrañar los misterios y leyes del libre mercado sin que sepan, en la mayoría de los casos, hablar el idioma de sus clientes.
"Vivimos como lo hemos hecho siempre", afirma Yan, tras depositar frente de su casa el décimo cargamento de leña de esa tarde y sin mostrar demasiada preocupación por el futuro.
Al jefe de Pum Chru, llamado Chrit, le ocurre lo mismo que a su paisano Yan, está en paz con los espíritus y no tiene nada que temer.
"No tenemos ningún problema, porque sacrificamos dos búfalos cada año", dice Chrit.


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