En 1945, Hiroshima era un importante enclave militar, pero tambien una ciudad donde vivían 255.000 personas. El ejército japonés había detectado a las 7.00 la presencia de tres aviones enemigos y, aunque no temía un ataque masivo, dio las alarmas para que la población se ocultara en los refugios antiaéreos.
A las 8.15, el Enola Gay soltaba la Little boy (nombre en clave de la bomba), provocando un gigantesco hongo atómico y temperaturas cercanas a los 4.000 ºC. Y después, el silencio.
Tokio perdió contacto con Hiroshima y, horas después, cuando envió una misión de reconocimiento, sólo pudo comprobar que la ciudad había quedado completamente arrasada.

Sunao Tsuboi recuerda como si fuera ayer ese día y lamenta los sesenta años de discriminaciones e incomprensión sufridos por las víctimas. Sunao es un hibakusha, como se conoce a los que sobrevivieron a la explosión.
Entonces era un estudiante que iba camino de la universidad cuando la bomba atómica estalló a un kilómetro del lugar en el que se encontraba. Es lo último que recuerda.
Luego, cuando se despertó, pudo llegar al hospital ayudado por un amigo, donde fue apartado a la sala de los moribundos y heridos más graves, donde la esperanza de vida era apenas de unos días.
Pensaba que yo sería el siguiente en morir
"Pensaba que yo sería el siguiente en morir, hasta que perdí el conocimiento", asegura. Cuando despertó, Tsuboi supo que había permanecido 40 días en coma, que la guerra ya había terminado y que Japón la había perdido.
Decenas de miles de personas murieron de forma instantánea en ambas explosiones, y este número llegó a 140.000 fallecidos durante el primer año, por lo que Tsuboi pudo sentirse como un afortunado por salvarse.
A pesar de tener las orejas desgarradas, la piel desprendida, los labios hinchados y buena parte del cuerpo agusanada por la infección de las heridas, logró sobrevivir tras estar un año en cama y estudió aeronáutica en la Universidad.
Las víctimas, unos apestados en Japón

Al buscar trabajo fue cuando se encontró con la terrible realidad de que las víctimas de los bombardeos atómicos eran discriminadas, pues en el aquel entonces la radiación se creía contagiosa.
"La gente normal no nos dejaba acercarnos", dice Tsuboi. Algunas víctimas de las bombas ocultaron los ocurrido y pudieron encontrar trabajo, pero, en cuanto se les declaraba alguna de las mil y una dolencias derivadas de la radiación, eran fulminantemente despedidas.
"En mi caso, no podía esconder nada, porque mi cara lo decía todo". La marginación de las víctimas llegó al caso de arruinarse muchos matrimonios, pues de las mujeres sometidas a la radiación se decía que sólo podían tener hijos deformes.
Tsuboi ha viajado a Estados Unidos, de donde llegó la bomba que cambió su vida, seis veces para protestar por el desarrollo de armas nucleares.
"En los primeros cuarenta años mis sentimientos eran confusos, con resentimiento, sufrimiento, odio y rabia. Pero en los últimos veinte todo ha cambiado. He trabajado con otras víctimas a favor de la abolición de las armas nucleares y he aprendido que el rencor no resuelve nada", dice.
Ahora, añade, "sí que puedo decir cuáles serán mis últimas palabras: mi vida fue maravillosa".
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