Dicen que hay mucha arena allí, pero para mí eso es una excusa de vagos. Deberían aprender de los aborígenes, con quienes, pasé unos días inolvidables. Ellos sí que saben montárselo bien en el desierto. Primero, tengo que decir que son más borrachos que los fineses. No sabía que dentro de una persona cupiese tanto alcohol.
Segundo, tengo que decir que los bolsillos de los canguros son muy cálidos. Te protegen de las noches frías y de los aborígenes superpotentes. De esta visita me recuperé en dos semanas. Fue entonces cuando el Mundo estaba otra vez en su sitio – el cielo arriba y el canguro abajo.
Si te ha gustado, espera a leer los próximos días los relatos de Anna-Maria. Ella contó ya el viaje a EEUU, el país de los sustos, su paso por París, por Berlín y narró la experiencia que supone viajar.
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Un viaje de vuelta accidentado
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