Trebor Escargot acumula puntos para desaconsejar un almuerzo con tus padres: comparte hábitos alimenticios con Chimo Bayo, le aburre la legalidad, complementa sus estampados de palmeras con chutes periódicos de altivez y mala educación. Sin embargo, su tono provocador nos hace tanta gracia que acompañarle en su periplo por la Costa del Azahar, pese a su afición por exprimir a los viandantes contra el asfalto, se presenta como el paquete vacacional más kamikaze del otoño.
Escargot cumple la misión que su jefe le encomienda: escribir un reportaje —que él no tarda en rebautizar como aportaje, en el que «no existe el pacto de veracidad que rige los designios del reportaje periodístico»— sobre Marina d’Or, esa ciudad de vacaciones que conjuga el barroco y el landismo y a la que él se desplaza ataviado cual laboratorio químico.
Su verdadero objetivo, en el fondo y al margen incluso del punk journalism, rezuma bondad: hallar El Dorado, la capital internacional de la felicidad veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Perdido entre sandalias sobre calcetines blancos y familias con pensión completa, Escargot interpreta a Brona —su mejor y ex convicto amigo— como la ruta de las baldosas amarillas y juntos parten hacia Valencia, donde los esperan el mismísimo Papa de Roma y el Encuentro Mundial de la Familia.
Mezcla de road movie, relato picaresco y novela bizantina por la España de las autonomías, El Dorado nos presenta a Escargot como un Indiana Jones de nuestro siglo, y el rosario que le regalaron en el pack de bienvenida al voluntariado, su calavera de cristal particular.
Mondadori / 350 páginas / 19,90 euros



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