La prosa de Eider Rodríguez actúa como lluvia fina: primero la notamos pellizcando sutil en nuestra ropa, después clavándose como agujas con un dolor suave, y esa levedad es la que nos convence de no protegernos con paraguas, y es la misma culpable de calarnos hasta los huesos e inventarnos la fiebre. Los relatos de Eider Rodríguez —que se traduce a sí misma del euskera— mojan, y se mojan: suceden en San Sebastián y Zarautz, los retransmite la ETB, nos hablan de inmigrantes, entierros y despidos, de profesoras de instituto, yuppies y bertsolaris.
Porque Carne —que contiene más de un relato magistral: basta con leer Preferiría no tener que mentir para creerlo— acota sus escenarios, pero narra desde lo universal: sin descartar sumergirse en temas que otros dejan de lado de forma sistemática, incorporándolos a la rutina de sus personajes, las relaciones —sentimentales, laborales— que se establecen entre ellos hunden sus raíces en nuestra propia experiencia. Como la vida misma, o casi.
451 / 160 páginas / 14,90 euros



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