Entre tanto ir y venir de gente guapa poco importó que el desfile aún se retrasara varios minutos porque unos técnicos de montaje permanecían en la pasarela dando los último retoques al decorado: unas enormes iniciales del diseñador (HL) iluminadas con bombillas de colores sobre un skyline en color fuxia.
El resto de la colección se centró sobre los mismos patrones: trajes femeninos de noche, por la rodilla, con profusión de palabras de honor -Laguna es partidario de desnudar brazos y escote frente a una gran parte de sus compañeros- y un elemento clave: el volumen de la falda en forma de volantes plisados o aéreos, múltiples capas de gasa, plumas y organza que envuelven y redondean, a veces salpicadas de sutiles lentejuelas para lograr un delicioso efecto glacé. En esto Laguna es un auténtico maestro.
Pocas novedades
Si bien la muestra constituyó un exquisito recorrido por los puntos fuertes del modista de moda del momento, también es cierto que faltaron sorpresas respecto a sus colecciones anteriores -lo más novedoso fue el uso del color arena, casi carne, para los vestidos de fiesta-. Quizá por eso el público fue contenido en su aplauso. Se diría que el talentoso diseñador no había puesto todo el esfuerzo del que es capaz para preparar sus prendas. Y, aún así, demostró que es uno de los grandes.

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