«¿Por qué mi historia iba a ser menos importante que la de Madame Bovary?», se plantea Marta Sanz. Si Flaubert se identificaba con su protagonista hasta trucar el sexo, la Marta Sanz que evitaba recoger las cartas de un alumno ex legionario o estudió inglés durante un verano en el Chilton Cantelo House es la misma que firma La lección de anatomía.
Huyendo de la petulancia que la propia autora atribuye al género memorialístico, este libro no es una novela, ni una recopilación de cuentos brevísimos –bordeando la anécdota– a modo de álbum fotográfico; tampoco una autobiografía y, sin embargo, La lección de anatomía lo es todo al mismo tiempo. Desde el complicado parto en que nació, y por el que –a los once años– desechó la idea de ser madre, a las consecuencias de cumplir el deseo familiar y «ser independiente», Sanz nos habla de Sanz.
Porque la verdad está ahí fuera, en la calle, en el día a día, pues «la literatura tiene que hacer visible las cosas ya visibles», la autora se para a contemplar su estado y recontarse desde la niñez en Benidorm a la adolescencia entre Carabanchel y Chamberí, desembocando en las búsquedas cercanas: amistades inquebrantables, licenciatura universitaria, desventuras sentimentales, cuarenta años. El torrencial estilo de Sanz presenta como casi comunes los recuerdos, no ahorra crudeza ni –marca de la casa– escatología, porque La lección de anatomía respira, suda, eructa. Sanz es hija de Galdós y demás realistas del siglo xix, garbancera, rusa y francesa, un poco prima de los naturalistas, además de la mejor amiga de Elvira y amante de los gatos.
Salto mortal
Es La lección de anatomía un libro político y comprometido. Odiamos durante cinco páginas al ejecutivo que se burló de ella como profesora de español para extranjeros, veneramos al decano de Filología B que protegió a los estudiantes frente a la Policía. Ahora bien: Sanz no se ahorra confesar –va la paradoja– el asco que le producía el olor de Antonia, la señora de la limpieza. Otro hallazgo, por tanto: la autenticidad. Frente a los libros cada vez «más artificiosos, más funambulescos», Marta Sanz apuesta por obras en cuyo interior «haya vida» y honestidad.
Marta Sanz es una de las mejores narradoras de su generación. En una trayectoria construida con solidez desde la diferencia y el riesgo, La lección de anatomía se percibe más como rareza o paréntesis que como viraje: otra novela se habría instalado en la sencillez, y este libro es un salto mortal. «Ya he mostrado mi máscara y, ahora, en el autorretrato sólo queda desvelar el desnudo». Tarde: conocemos las adicciones de la tía Marisol, su peligrosa simpatía de infancia con la malhablada Paquita, el día en que respondió oboe y superó a Yolanda en inteligencia, los insultos en las evaluaciones. La ropa cayó con la primera palabra.
RBA / 304 páginas / 18 euros



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