Tres semanas después de que el ciclón Nargis arrasara el sur de Birmania, los afectados luchan por reconstruir sus casas y volver a la normalidad, sin apenas nadie que les ayude y con el temor constante a una nueva tormenta.
La madera está mala, por el agua de la tormenta
Por toda la carretera que surca el delta del río Irrawaddy, la zona más devastada por el ciclón, familias enteras trabajan a destajo cargando cañas de bambú, recogiendo hojas secas y apartando escombros, mientras policías y militares juegan a las cartas en los numerosos puestos de control.
Para muchos, una sencilla estructura de bambú apoyada en algunos troncos y con una techumbre de hojas secas atadas con juncos es ahora su nuevo hogar, que intentan apuntalar con trozos de uralita, cubriendo con plásticos los huecos para que no entre el agua de la lluvia.
En uno de los plásticos, colocado sobre los cuatro palos de un precario chamizo, se puede leer "UNHCR", las siglas en inglés del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados.
Reconstruyendo un monasterio
"La madera está mala, por el agua de la tormenta", explica Maw Za, de doce años y que habla algo de inglés porque va a la escuela en Daedaye, unos 120 kilómetros al sureste de Rangún.
En otra aldea, más cercana a la carretera, sus habitantes han optado por ponerse a arreglar la estupa caída de un monasterio antes que reconstruir sus propias chozas, conforme al fervor budista de los birmanos, que creen en la reencarnación en una vida mejor si son virtuosos en la actual.


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