Antes de que la nave Phoenix pueda extraer muestras de hielo para analizarlas, debe aterrizar de manera segura, una posibilidad que está dando grandes quebraderos de cabeza a los equipos científicos y de control de vuelo.
Se prevé que la sonda llegue el domingo al planeta rojo.
'Esta no es una cuestión fácil, debo decir. Nos lo estamos jugando todo en un aterrizaje seguro y no podemos hacer nuestras pruebas científicas sin eso', declaró el científico Peter Smith a los periodistas en el Jet Propulsion Laboratory de la NASA en Pasadena, que supervisa la misión.
'Estoy nervioso', agregó Joe Gunn, encargado de la misión de Phoenix. 'Estoy sufriendo un verdadero caso de nervios'.
Estados Unidos ha realizado cinco aterrizajes exitosos en Marte de un total de seis, pero el 55 por ciento de todas las misiones a ese planeta han fallado.
Phoenix ha tenido un viaje relativamente bueno desde que fue lanzada al espacio el 4 de agosto de 2007, pero el auténtico desafío está aún por llegar.
Después de viajar 680 millones de kilómetros, Phoenix debe dejar de ser una nave que se traslada a 20.300 kilómetros por hora para convertirse rápida y coordinadamente en una estación científica inmóvil en el polo norte de Marte.
Catorce minutos antes de aterrizar, deberá despojarse de componentes clave usados durante su travesía espacial, como sus sistemas de propulsión y comunicación.
Siete minutos antes de posarse sobre la superficie marciana, la nave tocará la atmósfera del planeta, donde la fricción comenzará a frenarla lentamente. Durante el descenso, un escudo absorberá buena parte del calor, generando en ese proceso energía suficiente para iluminar una ciudad.
Cuando Phoenix alcance una velocidad de unos 1.800 kilómetros por hora - lo que en la atmósfera de Marte es cerca de 1,5 veces la velocidad del sonido - su paracaídas deberá abrirse. Entonces se deshará del escudo térmico, se desplegarán y abrirán tres patas para posarse en la superficie y el casco de la nave se desprenderá.
Finalmente, se encenderán 12 pequeños cohetes propulsores para que Phoenix descienda a unos ocho kilómetros por hora hasta la superficie.
Los controladores de vuelo, a 275 millones de kilómetros de distancia, no podrán hacer nada si la nave encuentra problemas.
'No hay una segunda oportunidad', afirmó Smith. 'Ése es nuestro destino'.
/Por Irene Klotz/.*.


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