«No tenemos miedo». Ése era el mensaje que transmitían ayer los miles de londinenses que volvían a su vida cotidiana tan sólo cuatro días después de los atentados del 7-J.
Pero el regreso a la normalidad de la capital británica se vio salpicado por constantes alarmas que ponían de manifiesto la psicosis que embarga, sobre todo, a las fuerzas de seguridad, que no descartan que puedan producirse nuevos ataques.
Alerta en Downing Street
La avería de un autobús, que estaba cruzado en la calle, disparó ayer todas las alarmas en el centro gubernamental de Londres y obligó a desalojar la zona, incluida la estación de metro de Westminster, que fue cerrada al público durante una hora. Poco después del mediodía, un paquete sospechoso en el autobús, cerca de la residencia de Tony Blair, en la calle Downing Street, obligaba a cerrar el acceso a la zona de Whitehall, donde están los ministerios.
No fue la única alarma de la jornada. Otro paquete, esta vez abandonado en el metro, sembraba de nuevo el terror en la estación de King’s Cross, que fue desalojada hasta que se comprobó que no era peligroso.
La tensión ha llevado a que todos los efectivos policiales estén desplegados y a que vigilen los transportes públicos, donde realizan inspecciones aleatorias de bolsos y equipajes. Incluso, el nerviosismo llevó ayer a los agentes a abalanzarse sobre un motorista sólo por saltarse un semáforo.
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