Cocineros que fallan con la receta y se enamoran de las comensales que, aun así, devoran sus platos. Amigos que rememoran las excursiones de la infancia, y los colegas que dejaron atrás, y las mujeres que los esperan o les dejaron plantados. Dependientas de ultramarinos seducidas por el olor a azufre. Úteros expuestos, náufragos después. Y muchos muertos: suicidas –¡Kurt Cobain!–, asesinados, puertas al infierno en Uzbekistán, y un universo paralelo habitado por quienes pisaron el cementerio antes de lo previsto, y que ofrece al nuevo cadáver pisos compartidos y comida rápida. Con ustedes, Etgar Keret.
Estos relatos de Keret se disfrazan de realidad, aunque el surrealismo se asoma como historia de ultratumba que jamás compartirías –linterna en mano– con tus compañeros de excursión. Si La chica sobre la nevera, su anterior libro publicado en España, destacaba por su despliegue de humor absurdo, en Pizzería kamikaze la ironía se enluta y entona un réquiem constante.
Tanto en los relatos más breves –los del inicio– como en el que ocupa y titula el volumen, la muerte se cuela en el transporte público y las fiestas con jardín: porque todos estos cuentos ocurrirían sin sepelios, pero nunca está de más saber qué nos deparará el sueño eterno.
Autopista hacia el cielo
«Dime, cuando todavía vivías, ¿intentaste alguna vez encontrar a Dios?», pregunta Ari a una autoestopista. Si la muerte es la protagonista de Pizzería kamikaze, Dios se encarga del papel antagonista. El conductor de autobuses olvida sus cálculos, recuerda sus principios de benevolencia y permite a Adi llegar a tiempo a su cita. Y Haim debe toparse con un ángel para reencontrarse con Ergá, su amada, que a su vez mantiene una relación con Gib, quien es considerado Rey Mesías.
En Pizzería kamikaze –cuya versión gráfica, con dibujos de Asaf Hanuka, acaba de publicar La Cúpula–, Haim y Ari –israelíes ambos– se adentran en un barrio árabe. Keret nació en Tel Aviv, y fue el primer israelí editado en Palestina tras la Segunda Intifada. Esta situación le obliga, por supuesto, a no permanecer ajeno al conflicto que se libra a pocos metros de casa. Su mensaje apuesta por la calma: «Hoy en día, al único israelí que ven los palestinos es al soldado que los para en la frontera o al que irrumpe en sus casas para humillarlos, y al único palestino que ven los israelíes es al que se explota a sí mismo en la vereda. Así resulta muy fácil demonizar y deshumanizar al prójimo, porque es el que te viene a matar».
Keret suma puntos para focalizar envidias: escritor –relatos, novelas, guiones para cómic y cine–, profesor universitario y director premiado en Cannes, posee lectores en veinte idiomas diferentes. Advertimos a los escépticos que, en este caso, el éxito sí significa algo: Pizzería kamikaze merece –y mucho– la pena.
Siruela / 128 páginas / 15,90 euros



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