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El reparto de las tareas domésticas puede acarrear más sexo

  • "Hay una clara correlación entre el hecho de que los hombres realicen más tareas y la frecuencia de relaciones sexuales", según un estudio.
  • El informe asegura que cuanto más colaboran los hombres, "más felices se sienten las mujeres".
  • "La ayuda en el hogar está asociada a altos niveles de satisfacción matrimonial", según el autor del estudio.

El reparto de las tareas domésticas facilita que la pareja deje la casa como una patena casi ipsofacto, pero éste no es el único beneficio.

Cuanto más colaboran los hombres en las tareas del hogar, más felices se sienten las mujeres

Un estudio realizado por Council of Contemporary Families (CCF), una asociación sin ánimo de lucro que investiga asuntos relacionados con la familia, asegura que "hay una clara correlación entre el hecho de que los hombres realicen más tareas domésticas y la frecuencia de relaciones sexuales en la pareja", según publica La Vanguardia.

Scott Coltrane , sociólogo de la Universidad de Riverside (California) y uno de los responsables del informe, "cuanto más colaboran los hombres en las tareas del hogar, más felices se sienten las mujeres".

En la misma línea se muestra Joshua Coleman, psicólogo y miembro del CCF: "la ayuda en el hogar está asociada a altos niveles de satisfacción matrimonial y, a veces, a más sexo también".

Coleman va más allá e ironiza que el hecho de que la casa esté "patas arriba mientras el hombre está sentado en el sofá y la mujer pasa la aspiradora, no hace aparecer el deseo".

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Dice ser Paga Teste
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Dice ser Paga Teste, 27.03.2008 - 15.44h

Entonces cuando uno dice "Yo le pago a una mujer para tener sexo" ya no implica pagarle a una prostituta sino a una sirvienta... Pues al final de cuentas, si limpie yo o limpie el serivicio, igual mi mujer deberia estar mas feliz y por ende tendriamos mas sexo?

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Dice ser el último romántico
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Dice ser el último romántico, 27.03.2008 - 17.30h

Sexo, maternidad y trabajo

¿Es hoy la mujer occidental más libre que ayer? ¿Se ha igualado realmente al varón, si es que tal cosa es posible? Veamos: Occidente hunde parte de sus raíces, quiérase o no, en el cristianismo, el cual saca a la mujer de la semiesclavitud del Imperio Romano, convirtiéndola así en hija de Dios y por ende, en hermana del varón. Quien realmente ha discriminado a la mujer, y mucho más que el varón, es la Naturaleza, exactamente igual que a las hembras del resto de los mamíferos, y suponiendo, que es mucho suponer, que un reparto de papeles pueda ser considerado como discriminación. El problema de la mujer “moderna” es que el sistema la ha metido en un doble papel: el de mujer y el de hombre, contraviniendo con ello lo dispuesto por la Naturaleza. Y todo lo que sea ir contra la Naturaleza acaba pagándose, sobre todo cuando, pretendiendo ser mujer-hombre, se antepone o se equipara el trabajo remunerado a la maternidad, esa pequeña diferencia, origen de todas las discriminaciones de sexo. Mujeres trabajadoras las ha habido siempre; lo que no había antes era tantas mujeres para las que la maternidad fuese algo secundario o, en el mejor de los casos, equiparable al trabajo remunerado.

La mujer, más pasiva que el hombre por naturaleza, no ha hecho casi nada por esa revolución feminista de hoy. Ha sido el sistema de capitalismo liberal, tan condenado por la Iglesia Católica como el comunismo, el que, utilizando los poderosos medios de comunicación actuales y aprovechando la mayor inseguridad psicológica femenina, poco a poco ha ido metiendo las ideas feministas a la mujer por cuatro motivos, entre muchos que se podrían mencionar:

1º- En la empresa privada, a igualdad de trabajo, la mujer cobra menos que el hombre. Es algo parecido a lo que ocurre con el uso de los inmigrantes para tener mano de obra barata.

2º- Si la mujer trabaja, habrá más gente con poder adquisitivo, es decir, consumidores potenciales, lo que generará una mayor circulación de capitales.

3º- Si en una pareja trabajan el hombre y la mujer, el precio de la vivienda podrá ser mayor.

4º- Las guarderías también hacen su negocio de “aparcamientos de hijos de la mujer-hombre”, curiosamente y por lo general, a cargo de mujeres que sustituyen a la madre.

Esto último explica que el capitalismo aceptase en su sistema de producción a alguien como la mujer, atada en buena parte de sus mejores años a la posibilidad de la maternidad.

Esa mujer-hombre, que se ha creído liberada del “yugo” del varón, ahora sí ha caído en una verdadera esclavitud, la del capital, y además, con doble cadena, la de mujer trabajadora y la de mujer objeto. (Nunca como hoy la mujer ha sido tan explotada sexualmente ni tan esclava de su cuerpo; nunca como hoy, por ejemplo, se han visto en la prensa tantos anuncios de prostitución o de clínicas de belleza). Dentro del capitalismo, que, encima, es cada vez más salvaje, lógicamente el más débil es el que tiene que sufrir las peores consecuencias. La mujer, más que débil, es frágil, puesto que lleva dentro algo tan precioso como el vaso de la vida, con las consecuencias físicas y psíquicas que ello conlleva. Frente a esa fragilidad, la mujer poseía la fortaleza de su pudor natural, pero el capitalismo ultraliberal se lo ha ido quitando interesadamente, dejándola así doblemente desamparada: ante el varón y ante el capital, o, precisando más, ante el natural impulso sexual del varón y ante la despiadada codicia del capital. El feminismo, pues, ha sido un hábil invento del capital para dominar a la mujer, haciéndola creer que es más libre hoy. No se olvide, por ejemplo, que fue la izquierda la que se negó a darle el voto a la mujer por considerarla más de derechas, lo que supone reconocer que la mujer, por su capacidad de dar la vida, está más apegada a algo tan de derechas como la discriminadora Naturaleza. El varón, como ser humano que es, podrá ser bueno, malo o regular; podrá ser fiel o no a su pareja; podrá ser más o menos egoísta o podrá ser más o menos cariñoso con su compañera, pero el capital siempre será igual de codicioso, sin importarle el sexo del trabajador.

La mujer-hombre ya está empezando a recibir la factura de la Naturaleza de varias formas, como trastornos psíquicos y físicos, adicción al tabaco (acercándose ya en esto, si no superando, al varón), incomprensión, soledad, abandono etc. (Curiosamente, en las agencias matrimoniales y en los foros de contactos de Internet cada vez se inscriben más mujeres, y ya en mayor número que los hombres). El hombre no quiere ser mujer, pero la mujer quiere ser hombre, o al menos, mujer-hombre, porque el sistema se lo ha metido en la cabeza. Ahora bien, no sólo el varón no ha cambiado: la Naturaleza y el capital tampoco han cambiado ni piensan hacerlo. Si acaso, el capital sólo puede cambiar a peor. He ahí el drama de la mujer actual.

Partiendo de la mencionada desigualdad natural, y entrando en el terreno jurídico, no se puede considerar igual lo que no es igual. Por ejemplo, si son iguales ambos sexos, ¿por qué por sentencia judicial se sigue dando la custodia infantil preferentemente a la madre? ¿No contradice este hecho esa supuesta igualdad de sexos? Más bien parece que hayan querido confundir interesadamente igualdad jurídica con igualdad política, a la vez que hipócritamente se reconoce la desigualdad natural entre los dos sexos. Otra cosa es que para actos jurídicos iguales haya derechos iguales. Por ejemplo, para sacarse un permiso de conducir o para recibir asistencia sanitaria o educativa, obviamente, deberá haber las mismas condiciones para ambos sexos. Dicho esto, ¿por qué, por ejemplo, para ser policía a la mujer le ponen un baremo más fácil en las pruebas físicas? ¿Acaso el ladrón correrá menos si lo persigue una mujer policía? ¿No es eso un caso evidente de cuota política de introducción de mujeres, como se puso de relieve en la conocida película “La teniente O'Neill”? Reconociendo la desigualdad natural entre los sexos, se ha llegado, y no es la primera vez, al absurdo de considerar una discriminación como “positiva”, en una clara muestra del más interesado cinismo del sistema hoy imperante.

Y, finalmente, los hijos han acabado pagando también una factura: la de tener como madre a una mujer-hombre. Y con esos hijos, lógicamente, la sociedad ha terminado por sufrir también las inevitables consecuencias. Hoy ya se ve claramente que sólo el capital se ha beneficiado realmente del feminismo. Es lógico: éste fue un invento de aquél.

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Dice ser john
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Dice ser john, 27.03.2008 - 18.09h

mmmmm, sospecho que este estudio tiene trampa, no sé, no sé........

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