Se trataba de tener un hijo sano que pueda curar a su pequeña Andrea, que sufre una enfermedad de la sangre llamada beta talasemia.
En febrero de 2007, Carlos y Andrea iniciaron el tratamiento. Ella se quedó embarazada, pero sufrió un aborto. «En principio fue bien, pero Andrea abortó. Vamos a seguir luchando. El problema es que estamos totalmente olvidados por parte de la Administración», se queja Carlos.
«No se han preocupado por saber quiénes somos ni por conocernos. No recibimos ningún tipo de ayuda y todas estas técnicas son carísimas. Sólo los medicamentos, sin contar los tratamientos, para permitir la ovulación pueden costar unos 1.500 euros al mes. Así que recurrimos a los bancos».
Carlos y Andrea saben que hay esperanza para salvar a su pequeña. Tienen el ejemplo en una niña de Canarias que recibió en septiembre de 2006 un trasplante de su hermana, seleccionada genéticamente.
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