El ikebana, como se llama esta disciplina, significa mantener vivas las flores y tiene su origen en el siglo VI. Pero fue en 1981, de la mano de Julia, cuando llegó a Valencia.
Para quien lo practica es «como una especie de terapia» y ayuda a la concentración, por eso «es muy importante estar en silencio», dice la profesora.
Se usan recipientes de cristal, cerámica, bronce o madera y encima de ellos va «una base de plomo con pinchos entre los que se colocan las ramas y flores, que pueden ser de cualquier tipo».
Está basado en tres principios: poner en armonía al hombre, el cielo y la tierra. De hecho, se trabaja en tres alturas: la parte de arriba simula el cielo; la baja, la tierra, y la intermedia, la humanidad.
Es una afición de estilo «minimalista que te pone en contacto con la naturaleza», asegura Julia. Las clases, de mucho éxito, están limitadas a 18 alumnos y se dividen en dos ciclos, de seis semanas cada uno. En enero empezó el primero y en marzo arrancará el segundo (tel.: 010).
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