El simple balanceo de un columpio ha conseguido que Firmat, un municipio de 25.000 habitantes en Santa Fe (al noroeste de la capital argentina), sea conocido a nivel internacional.
La fama de esta localidad nació en junio de este año, cuando uno de los tres columpios de la plaza de Belgrano empezó a moverse solo, mientras sus compañeros permanecían inmóviles.
Paulatinamente, alimentado de rumores, el caso de las "hamacas paranormales" pasó del ámbito regional a las páginas de los periódicos nacionales y de ahí, a los diarios internacionales.
Roban el columpio
La fama condenó a este particular columpio, que no tardó en ser robado para, posteriormente, aparecer a la venta en internet. Fue sustituido por otro y, aunque creyeron que dejaría de moverse, no lo hizo. Es más, comenzaron a moverse los otros dos.
En septiembre llegaron investigadores de Buenos Aires para determinar que no había truco, ni magia negra, como se llegó a especular. El movimiento no se debía a la mano del hombre y demasiadas personas lo habían visto en directo como para que se tratara de una estrategia publicitaria.
Actualmente, en Argentina, sigue el desconcierto. Hay un cerco vallado alrededor de los columpios y un policía vigila la zona. Las autoridades locales se vieron obligadas a tomar esta decisión porque, de madrugada, grupos de jóvenes se reunían en el parque para beber alcohol y escuchar música a todo volumen.
La respuesta al enigma
La Física aporta una posible, aunque compleja, respuesta a este fenómeno: la resonancia mecánica.
Los columpios (como todos los sistemas mecánicos) pueden tener frecuencias de resonancia, que son características de cada sistema mecánico y en las que influye el entorno y la posición.
El viento actúa como una fuerza externa que estimula el sistema mecánico en esa frecuencia y lo impele. Como cada columpio tiene una frecuencia diferente, es posible que se mueva uno de ellos pero no el resto, al igual que puede darse que los tres se balanceen, como ya ha ocurrido. Esto mismo, a gran escala, propició el colapso del puente de Tacoma.
Alejandro Cámara, que participa en un proyecto del Departamento de Óptica en la Facultad de Físicas de la Complutense confirmó a '20minutos.es' que "no se necesita mucho viento, sino el viento adecuado". Es una explicación menos romántica, pero más científica, que podría justificar este insólito fenómeno.


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