Clases de defensa personal para transformar a las víctimas de violencia de género en guerreras

Clases de defensa personal para transformar a las víctimas de violencia de género en guerreras

  • Cruz Roja organiza su tercer taller de defensa personal para víctimas de violencia de género en riesgo de volver a ser agredidas.
  • Los instructores son policías y maestros de artes marciales e inteligencia emocional.
  • La disciplina se basa en la reacción natural de una persona atacada por sorpresa.
  • #25N es el Día Internacional para la eliminación de la violencia contra las mujeres.

"Protégete, esquiva, empuja. Y si puedes, corre. Protégete, esquiva, empuja y corre".

En el interior de una nave prefabricada de la Cruz Roja en el extrarradio de Madrid, dos agentes de la Policía y un maestro en artes marciales imparten un taller de defensa personal dirigido exclusivamente a mujeres maltratadas en riesgo de volver a ser agredidas.

El grupo lo forman, una tarde de mediados de noviembre, doce mujeres con ropa deportiva formando un círculo con los tres instructores. Suelen ser más, pero se les avisó de que venían cámaras a grabar. La más joven tiene 16 años, la mayor, 57. Todas son españolas y aunque diferentes en apariencia comparten el mismo miedo metido en el cuerpo: que el hombre que fue su pareja, y en algunos casos es el padre de sus hijos e hijas, se presente un día con la peor intención.

Con mayor o menor destreza, hacen flexiones para calentar sobre un tatami al que han venido a aprender, en cuatro sesiones de dos horas de duración, técnicas básicas de autodefensa: reaccionar ante un ataque sorpresivo, esquivar golpes, empujar fuerte para crear un hueco y cómo echar a correr. Las maniobras requieren de un intenso entrenamiento físico. También psicológico para que recuperen la confianza y seguridad en sí mismas.

La actividad está teniendo muy buena acogida. Van por el tercer taller consecutivo, y la idea fue de Arantxa Larriba, técnica del programa de mujer en dificultad social de Cruz Roja. Larriba trabaja con mujeres a las que la Policía o los Servicios Sociales creen en riesgo de sufrir de nuevo violencia de género. Entre otras atenciones, reciben el dispositivo electrónico con GPS que les permite avisar ante una emergencia. De su trato diario, Larriba comprendió que nunca terminan de sentirse seguras. A partir de sus reuniones con Policía surgió un taller que Larriba llama de "psicodefensa".

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"En alerta. Brazos frente al pecho. Una mano más adelantada".

Con una frecuencia casi diaria, la Guardia Civil patrulla alrededor del domicilio de B., una de las alumnas. Su vigilancia empezó el día en que vio a su ex siguiéndola, haciendo eses por la autovía. Teóricamente él no conocía su nueva dirección. Se pudo zafar, colocarse detrás de él, fotografiarlo estacionado frente a su domicilio y le denunció. Pero desde entonces ya no está segura de poder seguir escondiéndose. "¿Y si en vez de conducir su coche, que lo conozco, va en el de un amigo o se acerca en moto a mi ventanilla con el casco puesto?"

No es lo mismo enfrentarse a un desconocido en competición que en la calle con quien ha sido tu pareja A su lado N. asiente comprensiva con el pavor del desamparo de su compañera. Lo que a ella le atemoriza es que su ex se acerque por sorpresa en plena calle. Se sabe fuerte, es deportista y aficionada al boxeo, pero no es lo mismo enfrentarse a un ex. Solo de pensarlo se bloquea inexplicablemente. Y está también en la sala L, de 57 años. Arrastra varias relaciones abusivas y teme a su reacción cuando coincida en sede judicial con el hombre que la acosó al poner punto y final a la relación.

No pueden hacer públicos sus nombres, menos mostrar sus rostros. Sus agresivas parejas siguen libres, muchos con una orden de alejamiento, pero cuántas veces se quebrantan. El 95% lleva encima el dispositivo de emergencia para avisar si son atacadas. De ahí que alguna ni siquiera permita que el objetivo de la cámara se pose sobre sus pies. "Es que a mí me reconoce hasta por las zapatillas", aduce B.

Si se les pudiera ver tal cual son se descubriría a doce mujeres normales y corrientes. Como esa vecina o compañera de la oficina. Rubias, morenas o castañas. Altas y bajas. Más o menos atléticas. Un grupo que, a medida que avanza la tarde, se cohesiona. Cómodas y risueñas, se piden perdón por algún golpe fortuito y se abrazan hermanadas tras cada uno de los ejercicios.

Los instructores les conminan a mantener la concentración y les piden que borren la sonrisa para conectar con la emoción necesaria. En la calle se juegan la vida.

"Esquiva el golpe, minimiza el daño, cúbrete con los brazos la cabeza".

"Las agresiones en la calle son duras, rápidas y cuando menos te lo esperas" dice Alberto, uno de los instructores. Este policía con 12 años de experiencia se interesó en la autodefensa para maltratadas a fuerza de comprobar lo destrozadas que llegan a comisaría. Tanto él como Jorge, su compañero, han pedido el día libre para enseñar el SIDE, "un sistema integral de defensa personal basado en las reacciones naturales de toda persona al ser agredida por sorpresa". Ángel, maestro de artes marciales, les apoya en la sala entrenando su conexión con las emociones. "Una parte de la clase está enfocada a mantener una presencia consciente en un momento de estrés. Esa conciencia corporal es muy práctica".

Las agresiones en la calle son duras, rápidas y cuando menos te lo esperas La técnica es descrita como sencilla. "Se adquiere muy rápidamente" porque se centra en actos reflejos. "No es necesario que estén veinte años formándose en un arte marcial. Con cuatro clases ya salen con la seguridad de que ellas lo pueden hacer, que son capaces de controlar su miedo y el estrés. Pero, hay que entrenar. Tienen que estar en forma. Una agresión dura unos 2 o 3 minutos y se te hacen largos como la vida".

En los ataques por sorpresa en la calle no hay reglas. "El agresor asalta cuándo él quiere no cuando tú estás preparada", advierten los instructores. En el tatami las mujeres aprenden la maniobra para protegerse la cabeza. "Donde va el 90% de los primeros golpes en una agresión". Con los antebrazos forman algo similar a un casco. El eje central de la sesión son, sin embargo, las esquivas para minimizar el daño y que todas tienen que ejecutar sin cerrar los ojos, para no perder de vista a su atacante.

En pareja practican mil y una fintas seguidas de empujones. Tanto de pie como en el suelo, que ni a rastras puedan pensar que están indefensas.

"Esquiva, pero lucha. Empuja con fuerza, sepárate, crea un hueco y corre"

La sesión incluye ejercicios por equipos. Confraternizan animadas por gritos de ardor guerrero al unísono. "Es una dinámica que deberíamos probar todas. Es muy emocionante, la primera vez muchas hasta lloran", revela la promotora del taller, Arantxa Larriba. "A posteriori ellas refieren sobre todo que pueden con la vida. Aprenden que no están solas, que son muchas las mujeres en esa situación. Se sienten muy arropadas. Y salen pensando que sí pueden hacer algo si las atacan, aunque ellos sean más fuertes. La sensación es de que son unas guerreras".

Los instructores subrayan lo empoderador de un sistema " integral que recoge lo innato, lo natural y lo pone al servicio de la víctima para convertirla con su propia fuerza interior en una luchadora". "Y ellas se lo creen, que es lo mágico del taller", apostilla Larriba.

La clase finaliza también en círculo. Las doce mujeres y sus instructores entrelazan sus brazos por la espalda. Se ven exhaustas, pero livianas. Sus instructores agradecen su disposición a aprender y confiesan "orgullo" por ayudarlas a sentirse poderosas. Uno de ellos se excusa por el realismo de los golpes a su compañero en las explicaciones: "Le pego con cariño", dice abrazando a su socio. Es B. la que da un respingo del grupo y como un resorte le espeta: "Nunca se pega con cariño, ¡nunca!". El grupo aplaude la rápida reacción de su compañera.

Terminada la clase, se abrigan y salen a la calle, de noche, con un poco menos de miedo y un poco más de autoestima. Ejerciendo de guerreras. Y prometen volver la semana que viene.

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