Crítica de 'Detroit': Kathryn Bigelow y el problema del racismo en Estados Unidos

Harto complicado resulta acudir al cine este septiembre y no sufrir. Este fin de semana, habrá quien se agarre a la butaca por culpa de los sobresaltos del payaso Pennywise, en IT, y habrá quien lo pase realmente mal con Detroit, el último regalo de Kathryn Bigelow a los amantes del séptimo arte.

Ambientada en un episodio de la historia estadounidense muy poco conocido por estos lares, la película se centra en un incidente real que tuvo lugar durante los disturbios raciales que sacudieron la ciudad de Detroit en julio de 1967.

El conflicto comenzó con una redada de la policía en un bar nocturno sin licencia, un acto que acabó dando pie a una de las revueltas civiles más violentas de los Estados Unidos. En ese contexto, Bigelow pone el foco en una serie de personajes que protagonizaron uno de los casos más controvertidos que sucedieron aquellos días.

Casi como si fuera una obra de teatro, la directora divide el relato en tres actos perfectamente definidos. El primero nos mete en situación. Con gran maestría,Bigelow demuestra una vez más su buena mano en los géneros bélico y de acción. Esto no es Irak ni Pakistán, pero la sensación de guerra es total. La violencia se dispara y las calles se convierten en campo de batalla.

Will Poulter da vida a uno de los personajes más deliciosamente 'odiables' del cine recienteEn ese caos urbano, las piezas van tomando posiciones en el tablero, en un motel: dos jóvenes músicos de una banda de rhythm and blues, un veterano de la guerra de Vietnam, dos chicas de raza blanca, un sosegado y responsable guardia de seguridad negro y un policía impulsivo y racista.

Y ahí, con todos ellos reunidos, estalla el segundo acto, con diferencia la parte más brillante de Detroit. Llegados a este punto, solo existe un propósito: hacer sufrir al espectador y conseguir que se indigne. Con la misma maestría que logró Christopher Nolan en Dunkerque, la realizadora nos atrapa en una incomodísima situación de impotencia y tensión que no deja un minuto de respiro. Queremos que todo termine, anhelamos la irrupción del heroísmo y la justicia, y lo pasamos mal, pero disfrutamos en el proceso.

La mayor parte del mérito es del joven Will Poulter. Sus peculiares rasgos faciales –las suyas son quizá las cejas más llamativas de todo Hollywood–y su magnífica interpretación le han permitido dar vida al sádico policía Philip Krauss, uno de los personajes más deliciosamente odiables del cine reciente. Él es, además, la mayor dramatización del suceso real. Krauss no existió, pero su invención es la que logra elevar el filme a un nivel más allá del documental ficcionado.

De hecho, el tercer acto, tal vez por ajustarse lo máximo posible a los hechos reales, cae a un nivel por debajo de los dos previos. Bigelow resuelve el cierre con un epílogo bastante convencional que incluye los típicos textos finales en los que se relata cómo fue la vida de los personajes reales tras los acontecimientos del filme. No había muchas otras opciones. La épica del celuloide pocas veces encuentra su hueco fuera de la ficción y cualquier intento de darle más fuerza al desenlace probablemente habría desvirtuado la fidelidad histórica.

Aun así, el conjunto resulta brillante y poderoso, inquietante incluso cuando nos damos cuenta de la actualidad y pertinencia del tema. El racismo ha marcado la historia de EE UU y lo sigue haciendo. Las confrontaciones raciales, la brutalidad policial y las armas de fuego ocupan titulares con mucha frecuencia. Sin embargo, a diferencia de lo que pasaba hace años, ya no se oculta, y películas tan diversas como 12 años de esclavitud, Déjame salir o esta genial Detroit alertan de la gravedad del problema.

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