En el siglo xix, la navaja de afeitar (o navaja recta) era el utensilio más común entre los hombres, pero se hacía necesario evitar la sangría con que acababan muchos afeitados. Hasta 1880 no apareció la maquinilla de seguridad moderna en forma de D. Tenía un gran fallo: la cuchilla estaba fija y había que afilarla. Tuvo que ser un vendedor ambulante, de nombre King Gillette, el que ideara, en 1903, la hoja intercambiable de doble filo. Por cierto, que la idea se la propuso otro ilustre decano de lo desechable, William Painter, el padre de la chapa de las botellas.
En cien años se han comercializado más de 1.300 modelos de maquinillas distintas. De las eléctricas (Remington, Phillipshave...) a las de banda suavizante (ahí se lo llevó Wilkinson) o las desechables de plástico (Bic), pasando incluso por las concebidas para la depilación femenina, surgidas por la falta de medias en la segunda gran guerra. La doble hoja llegó en 1974, y con el nuevo siglo, la triple, la cuádruple... y las que hagan falta para bajar los 78 segundos que dura de media un afeitado con maquinilla.
Pero navajas hay más: las navajas a la plancha, la navaja de Occam, el principio que separó ciencia y teología y cuyo alumbrador (Guillermo de Occam) muchos recordarán con la cara de Sean Connery en El nombre de la rosa. Incluso a los punkis se les dice cabeza de navaja.
Hoy la maquinilla tiene un duro competidor. Se llama Vaniqa y es una crema que inhibe la enzima responsable del crecimiento del folículo piloso. ¿Acabará este producto con el afeitado? Puede. Pero nunca con lo bonito que es ver a un niño mirando embobado a su padre afeitarse.


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