Cultiva un gesto de indie atormentado con cigarro incluido; la desgana transgresora de los noventa y la elegancia de su lengua natal, el francés.
Así, oscuro y fascinante, se presentó anoche Benjamín Biolay ante el público madrileño, que supo rellenar con aplausos el aforo de una sala Heineken a medio gas.
Que quedaran entradas en la taquilla no fue una sorpresa: el nombre de Biolay es todavía patrimonio de círculos pequeños pese a su frenética labor como arreglista, cantautor, productor, actor y a haber contraído matrimonio en 2002 con Chiara Mastroiani, hija del protagonista de ‘La Dolce Vita'.
De esta forma, la intensidad del género -ligeramente atenuada por una calidad de sonido irregular y con un resultado más sencillo y minimalista que en sus CD- se revistió con pop; o con atmósferas vaporosas y bases electrónicas; o con jazz y con guiños ochenteros.
La diversidad de los gustos musicales de Biolay se puso de manifiesto cuando homenajeó en dos de sus temas los estribillos de otros dos artistas: Morrissey y Damon Albarn (Gorillaz). También su afición por tocar diferentes instrumentos -utilizó piano y guitarra- con mejor o peor fortuna.
Laisse aboyer les chiens, Dans la merco benz o Qu'est-ce que ca peut faire? atesoraron el mayor número de aplausos de la noche.
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