Crítica de 'La La Land': Un paseo por el alma del musical

Crítica de 'La La Land': Un paseo por el alma del musical

Y de repente llega esa película de la que todos los medios hablan, esa que los críticos encumbran con bellas metáforas y eruditas referencias cinéfilas, la película que "hay que ver" porque se va a llevar todos los premios.

Aquí está. Se titula La La Land –incomprensible el añadido de La ciudad de las estrellas para la versión en España– y hace que uno se pregunte por qué la han elegido para arrasar. Que nadie se confunda, estamos ante uno de los grandes filmes de la temporada, pero ¿tanto como para hacer pleno en los Globos de Oro?

La última obra de Damien Chazelle, director de la fantástica Whiplash, tiene virtudes evidentes, empezando por su precisa ejecución audiovisual: un cóctel de melodías, bailes, impecables planos secuencia y coloridas estampas que consiguen la encomiable hazaña de que la fea ciudad de Los Ángeles parezca un lugar hermoso en el que vivir.

La belleza se esconde en murales pintados, en decorados de cartón, en vestidos de saturados rojos, azules y amarillos y en la luz de farolas, constelaciones y proyectores de cine. Es aquí donde se oculta también otro de los corazones de La La Land: la nostalgia. Ningún otro musical en lo que llevamos de siglo se ha acercado tanto al alma de los clásicos del género, historias en las que la cruda realidad se transforma por unos minutos en una ensoñación coreografiada para volver después a ese mundo menos feliz de la rutina y los deseos frustrados.

Por encima de todo ello –la nostalgia, la precisión técnica y la belleza artística– destaca la pareja protagonista. Ryan Gosling, perfecto, transmite la elegancia de los galanes de la edad de oro de Hollywood. A su lado, Emma Stone deja claro que va a saludar al señor Óscar muchas veces en su carrera.

Él es Seb, un pianista que se gana la vida tocando en restaurantes mientras sueña con abrir su propio local de jazz. Ella es Mia, joven camarera que aspira a convertirse en una actriz como esas a las que sirve cafés cada día. Cuando se conocen surge el amor y también una energía compartida que los anima a intentar alcanzar sus sueños a lo largo de cinco actos (cinco estaciones, de invierno a invierno, más o menos). La química entre ellos es perfecta. Gosling y Stone son, sin ninguna duda, lo mejor de esta película.

Sin embargo, el fondo no deja de ser una historia de amor y superación que la forma no siempre es capaz de convertir en algo realmente original. Todo arranca con un número musical maravilloso, de esos que apetece ver una y otra vez y que dan ganas de cantar y bailar. Por desgracia, no solo es bueno, sino que es el mejor y uno se pasa el resto de la película esperando volver a ver algo similar que nunca llega. Aun así, durante la primera mitad del metraje predominan el color, la alegría y la sorpresa; pero de repente todo adquiere un ritmo más lento, la música comienza a escasear (para tratarse de un musical) y todo se vuelve más gris.

En el tramo final, otro número logra que el filme cierre en lo alto con un desenlace para sus protagonistas, un bonito juego con la mezcla de ficción y realidad que construye los musicales y una atinada reflexión sobre la felicidad. Así se completa un relato que puede apasionar a los cinéfilos, a los amantes del jazz y a los enamorados de Broadway, pero que quizá no resulte suficiente para espectadores que no encajen en alguno de estos perfiles. De hecho, los poco dados al género musical no la soportarán.

Para los demás, La La Land es una bonita historia que ver, oír y cantar, pero quizá no esa gran obra maestra que muchos ya proclaman y que otros tantos esperan.

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