Una de las primeras barras que se popularizó fue la de Alexa, que además de clasificar los sitios por popularidad, proporciona enlaces relacionados o da información sobre el sitio que se está visitando. A cambio, Alexa se convirtió en una especie de auditor de audiencias en la Red, con el claro sesgo de que únicamente considera a los usuarios que tengan instalada la barra.
Microsoft también se ha sumado al carro, a pesar de contar con el navegador más utilizado, e idéntico camino han elegido el sitio de subastas eBay, comunidades como Facebook o LinkedIn, o sitios web para compartir archivos como Megaupload, entre otras muchas iniciativas similares.
Esta avalancha de empresas interesadas en la barra del navegador se explica porque cada una de estas piezas incentiva el uso de su servicio y, con el logotipo de la compañía en lugar destacado, sirve de recordatorio permanente en la navegación de cada usuario. Es decir, actúa como una especie de valla publicitaria fija en los navegadores.
Por otro lado, estas empresas se aseguran conseguir información muy interesante sobre los hábitos de los usuarios: qué páginas visitan, cuánto tiempo están en cada una de ellas, qué enlaces pinchan, etc. Todo un conjunto de datos que puede ayudar a la empresa a mejorar sus servicios y sus productos respecto a los de la competencia.
Últimamente se ofrece al usuario la posibilidad de personalizar la apariencia de las barras, de forma que se añadan nuevas prestaciones entre las diferentes opciones predefinidas o, incluso, que los usuarios creen las suyas propias, como por ejemplo botones que apunten a un determinado sitio web.


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