Hace tres años Virginia tuvo que pasar un trago amargo cuando fue despedida del supermercado donde trabajaba. Sus jefes «no soportaban mis ausencias por los ataques que sufría debido a mi enfermedad». Padece esclerósis múltiple, para la que no existe cura y de la que se desconocen las causas que la provocan. Afecta al sistema nervioso y provoca a quienes la padecen invalidez y una movilidad reducida.
Pero su suerte cambió tras permanecer una larga temporada en el paro. Un día, la oportunidad llamó a su puerta y allí estaba ella para demostrar al mundo que era tan capaz como cualquier otra persona. Virgina es ahora auxiliar de enfermería. No cuida a enfermos cualquiera sino a unos muy especiales para ella porque también sufren la lacra de la discrimación social. Trabaja en un centro de día que gestiona Fepamic. «Ahora siento que confían en mí, algo que no pasaba en absoluto en el pasado», resalta.
A sus 32 años, esta mujer natural de Palma del Río se siente actualmente como «una persona corriente, pese a mi enfermedad». No obstante, reconoce que aún queda mucho por hacer para que la sociedad acepte a los discapacitados como mano de obra.


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