Hace 13 años que conozco a Tuna. Cuando vivía en Calcuta lo invitaba a comer a cambio de que me hiciera un retrato. A lo largo del tiempo he ido guardando los dibujos que me hacía.
La verdad es que le cogí cariño, Su situación siempre me ha parecido desgarradora.
Aunque lo que más siento por él es admiración. A pesar de vivir en la calle, en la indigencia más absoluta, conserva un talento extraordinario.
Las manos, sucias, curtidas por la vida a la intemperie, temblorosas por la enfermedad que padecen, siguen realizando trazos firmes, certero. Tuna era profesor en la Academia de Arte de Calcuta hasta que un día comenzó a sufrir problemas mentales y lo perdió todo, terminó en la calle.
Su familia se desentendió de él. Y, como es habitual en una ciudad tan pobre como Calcuta, donde ir a un médico es todo un lujo, no ha recibido ayuda profesional alguna.


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