Aunque llevo 13 años viajando por el mundo, viendo guerra, muerte y destrucción, debo confesar que cuando encontré a la señora Dipti Porchás debajo de un puente de Calcuta, en pleno monzón, me sentí profundamente conmovido. Mientras la filmaba, en medio del agua, de la inmundicia, no pude evitar que se me escapara una lágrima.
Sus manos temblorosas, sus voz atiplada, me desarmaron. Me dio rabia e indignación. Pensé en mi propia abuela. Me pregunté cómo es posible que un ser humano tenga que terminar sus días en semejantes condiciones. Sentí al mismo tiempo rabia, indignación. Esa noche en el hotel no cené. Tampoco dormí bien. Seguía lloviendo y pensaba en Dipti.
Quizás lo que más me estremeció fue la meticulosidad y el orden con que había arreglado sus cosas en aquel lugar miserable. La foto de su marido muerto, el retrato de la diosa Kali. ¡Cuánta dignidad!¡Cuánta injusticia! Qué mundo de mierda…


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