Aunque resulte difícil de creer, Sarasuti tiene 33 años. La miseria ha demacrado su rostro, lo ha poblado de arrugas. Las noches a la intemperie, la incertidumbre, la desesperación, se hacen evidentes en esas facciones devastadas por el paso del tiempo.
Al igual que a Tuna, hace años que la conozco. Una mujer por la que siento una honda admiración ya que, tras perder a su marido, ha sacado sola adelante a sus seis hijos.
¿Cómo lo ha hecho? Recogiendo basura de la calle que luego vende. Luchando contra viento y marea por que pudieran asistir a la escuela a pesar de malvivir en las aceras, debajo de un plástico.
Ella estaba apenas a dos manzanas del hotel en el que yo vívía en Calcuta, y que es el escenario de mi primer libro, “Un voluntario en Calcuta” . Recuerdo el primer monzón que pasé. Por las noches la lluvia no cesaba. Y yo no dejaba de pensar cómo estarían Sarasuti y sus hijos, al igual que tanto otra gente sin hogar que conocía, ya que las calles se inundaban y no podían recostarse en las aceras. Al día siguiente la veía con los ojos cansados de no dormir, pero no por ello debaja de saludarme con parsimonia, hasta con una sonrisa. Por eso digo que la admiro. Por esa fuerza extraordinaria y esa templanza ante una realidad tan injusta y adversa.


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